SAN SIMÓN DE ROJAS (1552-1624) Y LA INMACULADA

 

José Mª. de Miguel

 

 

En los escritos de san Simón de Rojas, la figura de María es contemplada de mil maneras; no se cansa de cantar sus alabanzas con el lenguaje más elevado y con la devoción más encendida. Aquí vamos a considerar sólo tres aspectos de su doctrina mariana.

 

1. Simón de Rojas contempla a la Virgen ante todo como “llena de gracia” desde el primer instante de su concepción. No le cabe en la cabeza que la Madre de Cristo, el único sin pecado, el más hermoso de los hijos de los hombres, el Verbo de Dios, hubiera podido estar alguna vez sin Dios, menos aún que hubiera podido ser, aunque sólo un momento, enemiga de Dios. Así argumenta el santo: “Decir de María Santísima que fue concebida en pecado original, es decir que en algún tiempo fue enemiga de Dios e hija de maldición y de ira y condenada al infierno, esclava y prisionera de Satanás (...), y aun, si quisiereis dar un paso más adelante, podéis inferir de lo dicho que Jesucristo se había de llamar Hijo de la que fue en algún tiempo esclava y enemiga de su Dios y condenada al infierno, lo cual cuán ajeno deba estar de todo piadoso lenguaje, júzguelo quien tiene en la frente ojos”.

 

Según nuestro santo, María no habría sido digna Madre de Dios si hubiese sido concebida, como el resto de los mortales, en la esclavitud del pecado de Adán. La hermosura que Cristo heredó de su Madre nunca pudo estar mancillada por la presencia del pecado en ella. Así dice el santo que “Cristo heredada sacó la limpieza de las entrañas de su Madre”, naturalmente porque antes él se la había comunicado a ella: “porque lo que de suyo tuvo Cristo comunicó y dio a su Madre por privilegio y por ejecutoria, ganado por ser Madre de Dios, lo que había de perder por ser hija de Adán, y así fue concebida sin pecado original”. Simón de Rojas deduce la pureza inmaculada de María de la suprema santidad de su Hijo: va de Cristo a María, del Redentor a la redimida antes que todos los demás y de modo más eminente que todos los demás, “porque más perfecta manera de redimir es preservando que no caiga un alma, que no levantándola después de caída, como si vos, yendo a caer en un lodazal, os acudiese el que lleváis al lado: más gala fue teneros que no cayeseis, que no fuera después de caído levantaros y limpiaros. Pues esto hizo el Hijo de Dios con su preciosa Madre, que yendo a caer como hija de Adán acudió y túvola de su mano, lo cual sin duda fue redimirla con más ventajas y con más perfección”.

 

Pero la redención anticipada de María en su purísima concepción no es sólo liberación del pecado de Adán, sino sobre todo significa la comunicación de la plenitud de la gracia. De esta comunicación personal de Dios a María fluyen todos los demás dones y privilegios que la Iglesia le ha reconocido y cantado a lo largo de los siglos; de ahí brota la belleza incomparable de la Virgen. Simón de Rojas no duda en afirmar: “Todas las gracias que repartió Dios (...) por sus criaturas, así las del cielo como las de la tierra, todas las cifró y recopiló en la Reina del cielo”. Pues, “así como todos los ríos van a dar a la mar, así todos los ríos de las gracias angélicas y humanas van a recogerse y a parar en este soberano mar que es María”. Este es el misterio de María: lo que Dios hizo en ella colmándola de sí mismo hasta transformarla en la “llena de gracia”.

 

2. ¿Por qué adornó el Señor con tal plenitud de gracias a la humilde Virgen de Nazaret? Porque ella sola fue escogida y destinada, desde antes de la creación del mundo, para ser el arca de la nueva alianza. A Simón de Rojas le gusta, más que ninguna otra, esta figura del Antiguo Testamento para ilustrar la vocación y misión de María: el arca que mandó el Señor construir para “poner [en ella] la vara de los milagros de Moisés con las dos tablas de la Ley”. María está llamada a ser la nueva arca de la alianza entre Dios y los hombres, el arca inmaculada en la que “se depositase la vara del poder de Dios con las dos tablas de la naturaleza divina y humana”, es decir, Jesucristo, fuerza de Dios y redentor del hombre. Y así como para labrar aquella antigua arca mandó Dios que se hiciera con las mejores joyas del pueblo de Israel, así también para hacer el arca nueva, que es la Virgen María, echó mano de lo mejor de los ángeles y los hombres, de tal manera que “no hay virtud en hombre ni gracia en ángel que con eminencia no se halle en el corazón de esta sacratísima Reina”. María es el arca preciosa en la que Dios guardó a su Hijo durante nueve meses, el arca de la que salió Jesucristo, el Autor de la vida, para dar vida al mundo. El corazón de la Virgen, dice el Santo, “será un paraíso del segundo Adán (...), la tierra en la cual se ha de sembrar el grano que muerto dará gran fruto para la vida eterna”.

 

3. Pero María no es un mero receptáculo pasivo de la presencia y acción de Dios en ella; no sólo fue templo y sagrario del Redentor: es que fue su Madre. Cristo, el Hijo del Eterno Padre, recibió de ella su condición humana, por sus venas corría la misma sangre de María. Simón de Rojas subraya con fuerza este punto: “La Virgen nuestra Señora fue tan madre de su Hijo que nunca hubo madre tan madre como ella lo fue de Dios (...), pues Jesucristo a sola su Madre santísima debe aquel cuerpo y carne, que de sus purísimas entrañas sacó”. En todos los demás casos, el hijo es fruto del amor del padre y de la madre; debemos lo que somos tanto a nuestro padre como a nuestra madre. Pero la realidad humana de Jesús sólo se la debe a María, por eso se parecería en todo a su Madre, y solo a ella, por eso tendría sus mismos rasgos, el mismo color de los ojos. Viéndole a él, los vecinos de Nazaret dirían: éste es el hijo de María. Es que, como comenta admirado Simón de Rojas: “Nunca madre tuvo tal hijo que de sola su madre recibió todo el ser humano que tuvo”. María no compartió con hombre alguno el Hijo de sus entrañas, pues es fruto bendito del Poder del Altísimo: “Lo partirás a medias con Dios –le hace decir al ángel el santo- y tan por igual en cierta manera que, diciendo el Padre: ‘Tú eres mi Hijo’, dirá María: ‘éste es mi Hijo’”. Así aparece Jesús como Hijo único del Padre e Hijo único de María: del Padre recibe la divinidad, de María la humanidad. El único Señor Jesucristo es, a la vez, Hijo de Dios e Hijo de la Virgen. Por eso pudo ser el Redentor de los hombres, el único Mediador entre Dios y la humanidad, porque en el misterio de su persona se juntan el cielo y la tierra, Dios y el hombre en un abrazo eterno de amor indestructible. En el seno purísimo de María se realizó este abrazo para siempre, la alianza eterna de Dios con los hombres. Aquí esta la dignidad sin par de la Virgen, aquí radica el puesto singular que ocupa María en la historia de nuestra salvación, aquí su cercanía al misterio adorable de Dios Trinidad. Al contemplar su grandeza, Simón de Rojas no puede contenerse: “Tú, Señora, eres (...) más alta que todo lo que no es Dios (...), la mayor que después de Dios hay en el cielo (...), pues, ya que disteis a Dios, cuando vino a la tierra, el mejor lugar  que había en ella, que fueron vuestras purísimas entrañas, deos en el cielo un supremo lugar sobre todos los santos y ángeles de allí”.

 

La gloria de la Virgen es su maternidad divina. Simón de Rojas la percibió con los ojos de la fe alumbrados por su gran amor a la Madre del Señor. Pero él no sólo penetró con agudeza intelectual en el misterio de la maternidad divina, sino que vivió su condición de religioso y sacerdote trinitario como verdadero hijo de la Virgen. A ella se confió por entero, a ella encomendaba continuamente toda su vida y obras. Su primera y última palabra era siempre para María. Por ella se sentía protegido como el niño en brazos de su madre, de ella recibió la inspiración y el coraje de su ardiente caridad con todos, pero especialmente con los pobres, a quienes sirvió con verdadera devoción.