SOLEMNIDAD DE SANTIAGO, APÓSTOL

 

Hech 4,33.5.12.27-33; 12,1; Sal 66; 2Cor 4,7-15; Mt 20,20-28

 

 

José María de Miguel González OSST

 

Celebramos hoy la fiesta del Apóstol Santiago. Desde los lejanos tiempos de la Edad Media millones de peregrinos procedentes de todos los lugares de Europa han recorrido el Camino de Santiago hasta la tumba del Apóstol. En la Europa cristiana había tres grandes centros de peregrinación: ante todo, el Santo Sepulcro, en Jerusalén, la ciudad donde murió y resucitó el Salvador de los hombres; en segundo lugar, Roma, donde Pedro y Pablo fueron martirizados y por eso se convirtió en el corazón de la Iglesia, porque Roma es la Santa Sede de Pedro, el lugar desde donde Pedro enseña, une a todos los discípulos en la comunión de la caridad y da testimonio de Jesucristo, el Hijo de Dios vivo; el tercer centro de peregrinación cristiana es Compostela, el campo de la estrella, donde se encontró la tumba del Apóstol Santiago. De todos los lugares de peregrinación, Santiago es el único que ha dejado un ‘Camino’ caracterizado por su gran belleza artística y espiritual. Todos los años son millares y millares de personas de todas las edades y de todas las naciones que acuden a la tumba del Apóstol. El Camino de Santiago siempre tuvo un sentido penitencial; recorrerlo a pie era una forma de redimir las penas por los pecados cometidos. Hoy también se quiere poner de relieve ese aspecto: el Camino no es una mera ruta turística, es sobre todo una gracia que conduce al caminante a la reconciliación con Dios, con los hermanos, con la naturaleza. Es ciertamente emocionante participar en la Misa del Peregrino, allí se ve la catolicidad de la Iglesia: gentes de todos los lugares implorando el gran perdón que Dios concede por intercesión del Apóstol en este año jubilar.

 

La importancia de la fiesta de Santiago no puede pasar desapercibida para nosotros; es una fiesta memorial: nos recuerda las raíces de nuestra fe que se remontan hasta los mismos tiempos apostólicos. Hoy, cuando tantas sectas de reciente implantación llaman a nuestras puertas para decirnos que ellos tienen la verdad sobre Dios, nosotros sólo podemos responder que la verdad de Dios nos la enseñó Jesucristo y nos la transmitieron los Apóstoles que fueron los testigos escogidos por Él para anunciar al mundo lo que habían visto y oído. Sólo la fe apostólica hace justicia a la verdad de Dios que nos reveló Jesús, por eso la Iglesia ha permanecido fiel al Señor a lo largo de los siglos y a pesar de las innumerables herejías que se han sucedido, porque en todo tiempo se ha remitido a la fe de los Apóstoles: lo que nosotros creemos hoy, al comienzo del tercer milenio, es lo que nos enseñaron los Apóstoles de Jesús; aquí está la garantía de la verdad de nuestra fe que ningún visionario de los muchos que aparecen periódicamente, aquí y allá, podrá jamás destruir.

 

La fiesta de Santiago tendría que ser una ocasión para consolidar la firmeza y solidez de nuestra fe, para que los creyentes no nos sintamos como extraños y advenedizos en nuestro propio suelo, porque aquí, en esta tierra nuestra, la fe apostólica echó raíces tempranamente. Pero, por desgracia, cada día que pasa los cristianos vamos quedando como gente extraña en esta Europa sin alma que los políticos están  construyendo. Por eso el difunto Papa Juan Pablo, con ocasión de la aprobación de la llamada Constitución Europea en la que se excluye la mención del Cristianismo entre los valores formadores de Europa, denunció con energía que no se pueden cortar impunemente las raíces de las que uno procede y ha crecido. Nuestra historia, nuestra cultura, nuestro modo de ser está impregnado de la fe apostólica, por eso Santiago, la ciudad del Apóstol, ha sido siempre un punto de referencia de nuestra identidad como pueblo cristiano y no sólo de nosotros, sino de todos los pueblos de Europa, y luego de los pueblos hispanoamericanos. Son innumerables las ciudades y pueblos de América que fueron bautizados con el nombre del Apóstol. Confesar la fe apostólica, que es la fe que han profesado nuestros mayores de generación en generación, puede resultar a veces algo incómodo en un contexto social y cultural altamente secularizado, donde los valores religiosos no son apreciados o son presentados como algo trasnochado, sin embargo, justamente en este contexto poco favorable a la fe es donde los cristianos tenemos que dar testimonio de nuestro precioso patrimonio de creyentes. La fe apostólica no está sometida a las alzas y bajas de la opinión  pública o de las modas: hoy como ayer, como en tiempos de los Apóstoles, confesamos la misma fe en Jesucristo Hijo de Dios y Salvador de los hombres. Este es nuestro tesoro, tesoro que, como dice San Pablo, llevamos en vasijas de barro para que se vea que la fuerza no está en nosotros, sino en Dios que nos mantiene en la fe que él mismo nos ha regalado. Sería un compromiso bonito que nos decidiéramos a poner un poco más de calor y entusiasmo en nuestra condición de cristianos, a vivir la fe con más alegría, a comunicar a otros el tesoro de la fe que nosotros hemos recibido. Esto es lo que vamos a pedir en esta Eucaristía al Apóstol Santiago para nosotros y para todos nuestros compatriotas en el día del santo Patrono de España. Con agradecimiento confesemos ahora todos juntos la fe que los Apóstoles nos enseñaron: “Creo en Dios, Padre todopoderoso”.