Domingo de Ramos (A)

Is 50, 4-7; Sal 21; Fil  2,6-11;  Mt 26,14-27,66

 

El grito de Jesús en la cruz

 

José María de Miguel González OSST

 

Después de la conmemoración de la entrada solemne y festiva de Jesús en Jerusalén, en la que fue aclamado por la multitud como el Mesías de Dios, como el que viene en nombre del Señor, enseguida la liturgia de la palabra nos introduce en la dramática conclusión de aquel día. La misma multitud que hoy lo victorea, el viernes pedirá su cabeza. Jesús entra triunfante en Jerusalén para acabar en la cruz. La fiesta de hoy anuncia ya el drama del Viernes Santo.

 

1. Se despojó de su rango

En el himno de la carta a los filipenses se dice que “Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango, tomó la condición de esclavo, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte”. La prueba más fehaciente de este sometimiento a la muerte, ‘y una muerte de cruz’, es la impresionante narración de la pasión que acabamos de escuchar. Nos vamos a fijar solamente en tres escenas. Cristo se despoja de su categoría de Dios en la oración del huerto. Dice San Lucas que Jesús “en medio de la angustia oraba con más insistencia. Y le bajaban el sudor a goterones, como de sangre, hasta el suelo”.  No se puede describir con menos palabras el drama íntimo de Jesús a las puertas de la muerte. Todo su ser se estremece: siente terror, angustia, tristeza. Su condición humana, ‘pasando por uno de tantos’, se ve aquí bien reflejada: la muerte no le deja indiferente, ni tampoco el sufrimiento, pero sobre todo le conmueve profundamente la suprema injusticia que se va a cometer contra él al condenarle a muerte, la traición de uno de los Doce, la triple negación de Pedro, la desbandada de todos sus discípulos. Por eso, apela a su Padre con total entrega y confianza: “Padre mío, si es posible, que pase y se aleje de mí ese cáliz”, el cáliz de la pasión, el cáliz de la sangre derramada a la que él mismo había hecho referencia en la institución de la Eucaristía. Pero junto con la ardiente y filial petición, va la sumisión más absoluta: “Pero  no se haga lo que yo quiero, sino lo que tú quieres”. Él ha sido enviado para hacer la voluntad del Padre que no es otra que la obra de nuestra salvación, y aunque le cueste dolor y lágrimas, Jesús se somete enteramente y de buen grado, por amor al Padre y por amor a los que el Padre ama, a nosotros, por nuestro amor murió el Señor. Pero la voluntad del Padre sólo la podemos cumplir si permanecemos vigilantes en la oración. Los discípulos huyeron y Pedro le negó tres veces, porque no fueron capaces de resistir con él orando en el Huerto de los Olivos: “Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu es decidido, pero la carne es débil”.

 

2. No oculté el rostro a insultos y salivazos

La segunda escena de la pasión en la que se nos pinta con colores vivos la humillación de aquel que era de condición divina, pero que por nosotros “tomó la condición de esclavo”, es el doble juicio: ante el sumo sacerdote y ante Pilato. En ambos Jesús permanece en silencio; sólo cuando le preguntan directamente por él, por su identidad, responde. Así cuando el sumo sacerdote le hace la pregunta decisiva: “Te conjuro por Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios”, Jesús contestó: “Tú lo has dicho”. Y lo mismo cuando Pilato le pregunta: “¿Eres tú el rey de los judíos?”, respondió Jesús: “Tú lo dices”. A todas las demás falsas acusaciones Jesús no respondió nada ni se defendió. Pero la farsa de ambos juicios termina con una cruel escena de tortura. En casa del sumo sacerdote, “le escupieron a la cara y lo abofetearon; otros lo golpearon diciendo: Haz de profeta, Mesías; dinos quién te ha pegado”. Era el castigo al que se declaraba Mesías e Hijo de Dios. Pero en casa de Pilato no le fue mejor a Jesús. El pusilánime gobernador, que repite una y otra vez que no ha encontrado ninguna culpa digna de castigo en Jesús, sin embargo para complacer a la multitud que pedía sangre le promete que le dará un castigo y lo soltará. Pero como esto no les parecía suficiente y aumentaba el griterío, Pilato “después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran”.

 

3. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

La última escena de la pasión tiene lugar en el Calvario. Jesús apenas puede llegar hasta esta colina de la ejecución situada fuera de la ciudad; tienen que echar mano de un labrador que pasaba por allí para que le ayudara a llevar la cruz. Y al término de la vía dolorosa está la terrible escena de la crucifixión con el sonido sordo de los clavos atravesando las manos y los pies de Jesús. No somos capaces de imaginarnos el intenso dolor que sufrió Jesús al taladrar sus manos y los pies aquellos hierros, ni el dolor mayor al ser elevado en la cruz y pender su cuerpo de ella. Jesús quiso apurar el cáliz del dolor, no aceptó el vinagre que le ofrecían los soldados a modo de calmante. Pero si el sufrimiento físico fue intensísimo, no menor tuvo que ser el sufrimiento moral: lo habían despojado de sus vestiduras, estaba desnudo, y los sumos sacerdotes le injuriaban echándole en cara su fracaso: si es el Mesías que baje de la cruz, “a otros ha salvado y él no se puede salvar. ¿No es el Rey de Israel? Que baje ahora de la cruz y le creeremos. ¿No ha confiado en Dios? Si tanto lo quiere Dios, que lo libre ahora. ¿No decía que era Hijo de Dios?”. La muerte, la injusticia, la maldad sólo podía ser vencida desde dentro, por eso murió el Inocente en lugar del culpable. “A medio día Jesús gritó: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Es el grito de Dios ante la muerte que le infiere su criatura. Es un grito de amor y de denuncia, desvela el amor incomprensible de Dios y la maldad del hombre capaz de crucificar el Hijo de Dios.

 

Pero la cruz no es la última palabra, porque Dios no ha abandonado a su Hijo. Jesús entra en Jerusalén para morir y resucitar. Y nos invita a nosotros a recorrer el mismo camino en esta Semana Santa. Es lo que hemos pedido en la oración: “que las enseñanzas de su pasión nos sirvan de testimonio y que un día participemos en su resurrección gloriosa”. Para eso celebramos esta Eucaristía en el Domingo de Ramos.

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