PRESENTACION DEL SEÑOR

Mal 3,1-3; Sal 23; Heb 2,14-18; Lc 2,22-40

 

José María de Miguel González OSST

 

En la tradición cristiana, la fiesta de la Presentación del Señor en el Templo, que celebramos hoy, ha gozado de mucha veneración desde muy antiguo. Popularmente se la conoce como la fiesta de la candelas o de la Candelaria, por la bendición de los cirios que al comienzo de la Misa tiene lugar. La luz de las candelas representa a Cristo, luz del mundo, según la profecía del anciano Simeón. Es la misma luz que nos ilumina a nosotros para que podamos irradiarla luego a los demás.

 

1. ¿Cuál es el contenido o el significado religioso de esta fiesta del Señor? En ella recordamos los hechos narrados por san Lucas en el evangelio que hemos escuchado. María y José, a los cuarenta días del nacimiento de Jesús, lo llevan al Templo de Jerusalén para presen­tarlo a Dios. Cumplían así con la ley de Moisés que ordenaba: "Todo primogénito varón será consagrado al Señor". De Dios viene toda vida, y más la vida huma­na, y mucho más la vida de Jesús, que fue concebido por obra del Espíritu Santo en el seno de María siempre vir­gen. En el rito de la presentación de los primogénitos se reconocía y se agradecía el don de la vida que viene de Dios; por eso se consagraba a Dios el primogénito, indicando con ello que el primer fruto de la entrañas pertenecía a Dios, que era don suyo. Pues esta consa­gración de Jesús a Dios es lo que hoy recor­damos y celebramos en esta fiesta. Pero si en los demás casos se trataba de una consagra­ción simbólica, en Jesús es una auténtica realidad. Porque Jesús es de Dios y es para Dios: viene de Dios y vive para Dios. Desde su nacimiento, Jesús es consagrado a Dios, perte­nece a Dios. Por eso, María y José entregan a Dios lo que han recibido de él: a Jesús, el Hijo del Altísimo nacido de María la Virgen.

 

2. Y ¿qué hace Dios con este Niño Jesús que hoy, a los cuarenta días de su nacimiento, es consagrado a él? Nos lo entrega a nosotros, pues "tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna”. Nos lo da como luz para alumbrar a las nacio­nes. Eso es Jesús: la luz de Dios que brilla en la oscuridad de la noche de nuestras vidas. Porque, ¿no está, en muchos aspectos, la vida del hombre envuelta en oscuridad? ¿Qué sabemos de nosotros mismos, qué de nuestro origen, qué de nuestro destino más allá de la muerte? Todo es tiniebla, todo es oscuridad fuera de Cristo, luz del mundo. El ha iluminado el sentido de nuestra vida y de nuestra muerte. Cristo es la luz del mundo, él es "la luz verdade­ra que ilumi­na a todo hombre que viene a este mundo". No estamos a ciegas en esta tierra, no caminamos a oscuras y sin rumbo por la vida. Tenemos a Cristo como luz de nuestros pasos. En un mundo en el que abunda más de la cuenta el miedo y la angustia ante el futuro; en esta sociedad nuestra en la que tantos jóvenes y no tan jóvenes han perdido la confianza en la vida y por eso recurren a la droga, al alcohol y a otras formas de evasión y esclavi­tud; en este mundo nuestro en el que hay más oscuridad que luz, Cristo es presentado hoy en el templo como hombre verda­dero, hombre cabal, como gloria del hombre, pues "los hijos de una familia son todos de la misma carne y san­gre, y de nuestra carne y sangre participó también Jesús... Por eso tenía que parecerse en todo a sus hermanos, para ser compasivo... Como él ha pasado la prueba del dolor, puede auxiliar a los que ahora pasan por ella". Hacia él tenemos que mirar, en él hemos de poner nues­tros ojos y decir con el poeta: "Véante mis ojos, dulce Jesús bueno, pues eres lumbre de ellos". Jesús es la luz de los pueblos; él ha nacido para alumbrar a las naciones. Por él tenemos que cami­nar, si quere­mos vivir en liber­tad como hijos de Dios. Pues Jesús "liberó a todos los que por miedo a la muerte pasaban la vida entera como esclavos".

 

3. Celebramos la fiesta de la luz, la fiesta de las candelas, porque es la fiesta de Cristo, luz que no conoce el ocaso. Con el anciano Simeón también nosotros podemos vivir y morir en paz, "porque mis ojos han visto a tu Salvador, luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel", gloria de la humanidad entera. Este Niño que Simeón estrecha entre sus brazos, es el hijo de María, por eso no podemos terminar esta reflexión sin decir una palabra de agradecimien­to a la Madre del Señor. Por ti, Madre santa, nos llegó Jesús, tú diste a luz a Aquél que es -sólo él- la luz y la vida de los hombres; tú derramaste sobre el mundo en tinieblas la luz eterna, Jesucristo, nuestro Señor. ¡Bendita seas por siempre, Madre de Cristo, luz del mundo! Amén.