Domingo VI  Pascua

(Ciclo A)

Amar para conocer

        José Mª. de Miguel

1. “No os dejaré desamparados”, dice el Señor en este domingo de despedida antes de la Ascensión. Son palabras de consuelo y de ánimo para los discípulos que ya presienten la partida definitiva de Jesús al Padre. “Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis, y viviréis, porque yo sigo viviendo”.

Ver a Jesús es vivir, porque eso significa participar de su misma vida divina: “Sabemos que cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es”(1Jn 3,2). Pero ¿cómo podrán los discípulos ver al Señor si él se va? Esta es la cuestión que hoy nos plantea el Evangelio: ¿cómo podemos ver al Señor, que es la fuente de nuestra vida? Ver al Señor mientras caminamos por este mundo, quiere decir experimentar su presencia amorosa, sentirlo a nuestro lado, cercano y compañero. Evidentemente, si él se va a prepararnos sitio en la casa del Padre, no podemos verlo con los ojos corporales. Se trata, pues, de otro tipo de visión, aquella que brota de los ojos de la fe iluminados por el amor. La luz de la fe, por la que vemos a Cristo, es el amor que se expresa y realiza en la práctica de los mandamientos, o sea, siendo fieles al Evangelio. Así nos lo ha recordado Jesús: “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos; y al que me ama, mi Padre lo amará, y yo también lo amaré y me revelaré a él”.

2. El amor es una forma superior de conocimiento. El que ama conoce más, ve más, penetra más profundamente los secretos de la persona amada, que escapan a una mirada superficial. Si amamos de verdad, el amor nos envuelve y transfigura. No se puede ocultar la fuerza ardiente del amor. ¿Acaso no se nota cuando una persona está realmente enamorada? ¿No cambia su vida? ¿No lo ve todo con otros ojos, que son precisamente los ojos de la persona amada? “Préstame tus ojos”, es el hermoso título de un libro sobre el amor de Cristo. Lo mismo le pasa al creyente: si amamos a Cristo, toda nuestra vida estará poseída por el amor de Dios, y sentiremos el abrazo amoroso del Padre y del Hijo, que no es otro que el Espíritu Santo: “Al que me ama, lo amará mi Padre, y yo también le amaré y me revelaré a él”. Es el circuito del amor trinitario en que vive el creyente, y en donde ve y experimenta a Cristo. “Vosotros me veréis”, había dicho el Señor a los discípulos. Y así es: el que ama a Jesucristo lo verá porque, según su promesa, “me revelaré a él”. Conocemos a Jesús por el amor y desde él, a su luz, todo se transfigura. El Señor nos presta sus propios ojos para verlo todo a través de él.

3. Jesús se va, pero “yo le pediré al Padre que os dé otro Defensor que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad”. El Señor no nos deja huérfanos, no nos abandona a nuestra suerte, se queda con nosotros de un modo nuevo, mediante el Espíritu Santo que descenderá sobre la Iglesia en Pentecostés. El Espíritu de Cristo vive dentro de nosotros, es el alma y la vida de la comunidad cristiana, de esta comunidad reunida en el nombre del Señor. Jesús lo llama Defensor (Paráclito), ‘otro Defensor’. Durante su vida mortal, Jesús había cuidado de los discípulos, como el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas, los había defendido hasta el punto de entregarse a sus enemigos para que lo detuvieran a él, y dejaran marchar libres a sus discípulos. Ahora, cuando él se va, promete “otro Defensor” que esté siempre con los discípulos. El Espíritu Santo es el defensor que cuida de la Iglesia, que vela por nosotros y nos protege, que defiende nuestra fe de los virulentos ataques a que está constantemente sometida desde distintos frentes. No estamos solos; el Espíritu de Cristo vive con nosotros. Y por eso podemos cumplir el encargo de Pedro: “Glorificad a Cristo en vuestros corazones y estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere”.

El Espíritu de la verdad que Jesús nos promete, es el que nos anima y conforta interiormente para ser sus testigos en un mundo descreído y agnóstico, para saber dar razón de nuestra esperanza que es Cristo, pues en él hemos puesto toda nuestra fe, nuestra vida y nuestra muerte, en él que “murió en la carne, pero volvió a la vida por el Espíritu”. Este es el misterio de nuestra salvación que nos disponemos a celebrar ahora con alegría en la mesa eucarística.