SAGRADA FAMILIA

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  José María de Miguel OSST

Celebramos hoy, dentro de la octava de Navidad, la fiesta de la Sagrada Familia. Jesús nació en el seno de una familia y pasó la mayor parte de su vida en el hogar familiar. Es esta familia de Nazaret el espejo donde han de mirarse todas las familias cristianas. Si el Hijo de Dios quiso nacer y vivir en una familia, fue para santificar el hogar familiar, para hacer de él el camino que conduce a Dios. Pues bien, la celebración de esta fiesta de la Sagrada Familia de Nazaret es también una celebración de la familia cristiana­ y un recordatorio de lo que ésta debe ser. Ante todo, la familia es, según el proyecto del Creador, el lugar donde se alumbra la vida humana; la familia es el manantial de la vida. Incluso cuando la acogida de la vida puede resultar una complicación, no nos es lícito cerrarnos a ella. Si nos fijamos en la Sagrada Familia de Nazaret, podemos comprobar las dificultades que tuvieron que superar María y José para aceptar el misterio de la vida que se gestaba en el seno de la Virgen. María dijo sí a la maternidad que Dios le proponía, aun a sabiendas de los quebraderos de cabeza que iba a dar a su esposo, José; dijo sí a Dios, pero sufriendo por su esposo, confiando en que Dios que había alumbrado aquella vida en su seno, se encargaría de protegerla. Por eso José, que era bueno y no quería denunciarla, al comprobar los signos de su maternidad, decidió repudiarla en secreto. Pero nada más tomar aquella resolución se le apareció un ángel que le tranquilizó: "José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu esposa, porque lo concebido en ella viene del Espíritu Santo. Y José hizo como el ángel del Señor le había mandado y tomó consigo a su esposa". María y José acogieron la vida, aquella vida que es nuestra vida; la acogieron en la fe y como un don de Dios. Esta apertura a la vida como don de Dios es la actitud primera y fundamental que la familia de Nazaret deja como ejemplo precioso a todas las familias cristianas.

Pero no basta acoger y dar a luz la vida; es necesario luego que la familia sea la primera escuela, el primer santuario en que el niño aprenda a amar y respetar los valores humanos y religiosos. En este punto la familia de Nazaret es un ejemplo luminoso. En el hogar de María y José, Jesús aprendió a hablar y a rezar, a ir a la Sinagoga con sus padres. Ellos le enseñaron a gustar la oración de los salmos, los mismos salmos que nosotros rezamos. Le enseñarían a escuchar con atención y veneración la palabra de los profetas, la misma palabra que nosotros escuchamos todos los domingos. Aquel hogar de Nazaret sería sin duda un verdadero santuario, como lo ha sido el de tantas familias cristianas antes de que se inventara la TV. Quizá por eso su ejemplo sea hoy más valioso que nunca: que las familias lleguen a recuperar esa estupenda virtud de rezar juntos, porque si los hijos no ven nunca a sus padres rezar ni leer en familia alguna vez la Sagrada Escritura, es difícil que la religión prenda en ellos, porque sin oración no hay religión. La familia que no reza nunca no puede ser un santuario donde el niño aprenda a amar y respetar a Dios.

También en la familia de Nazaret resplandece otra virtud puesta de relieve de forma paradójica por el evangelio de hoy: Jesús que se queda en el Templo, sus padres que lo buscan angustiados y la respuesta chocante del niño: "¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?". A primera vista, la respuesta de Jesús parece fuera de tono; de hecho sus padres "no comprendieron lo que quería decir". Pero con este episodio del Templo, Jesús quiso darles a entender que su relación con ellos estaba subordinada a su relación con el Padre, que él dependía de la voluntad de Dios, que por encima de todos los vínculos familiares estaba Dios. Pero a pesar de todo, "él bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad". Jesús, el Hijo de Dios, se sometió por entero a sus padres, los respetó como ningún otro, pero supo también mostrarles el valor supremo de Dios, que cuando Dios llama, cuando Dios envía no pueden interponerse los lazos de la familia. Es la virtud de la obediencia a Dios que debe prevalecer siempre, aunque esta obediencia sea a veces conflictiva. Jesús respetó y obedeció a sus padres y éstos le amaron y respetaron sus decisiones, aunque a veces no las comprendían. Por eso dice el evangelio que "su madre conservaba todas estas cosas en su corazón". Esta es la familia de Nazaret que hoy celebramos y que el evangelio nos pone como ejemplo y modelo de comportamiento de las familias cristianas que están llamadas a configurar su hogar al modo de aquella Sagrada Familia de Nazaret.

 

LA SAGRADA FAMILIA

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La familia es una preocupación constante de la Iglesia. Cualquiera que siga las intervenciones públicas del Papa Juan Pablo puede advertir la presencia constante de la familia en sus palabras y en sus escritos. A la Iglesia le preocupa mucho la institución familiar, el rumbo que está tomando la familia y, sobre todo, los ataques que recibe constantemente desde distintos frentes; a la Iglesia le preocupa sobre todo que las Autoridades Públicas y las Organizaciones Internacionales, empezando por las mismas Naciones Unidas, no defiendan como es debido a la familia, que más bien la pongan en peligro con ciertas políticas familiares de carácter permisivista que están tomando o recomiendan tomar. Frente a este formidable ataque masivo contra la familia, la Iglesia alza su voz, una voz prácticamente en el desierto, pero que por fidelidad al Evangelio no debe dejar de elevar.

La familia cristiana está llamada a ser como un sacramento, como un reflejo de la Familia de Dios que es a la vez misterio de unidad y de diversidad: 'un solo cuerpo y un solo Espíritu, un solo Señor y un solo Dios y Padre de todos'. Es el misterio de la Trinidad Santa, un solo y único Dios en tres Personas divinas: el Padre, y el Hijo, y el Espíritu Santo. A su modo, también la familia humana consta de diversos miembros, fundamentalmente de padres e hijos, que forman una unidad dentro de la irreductible individualidad de cada uno de los esposos y de los hijos. El Apóstol nos reco­mienda poner "empeño en conser­var la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz".          

Pero de la familia tiran hoy muchas fuerzas poderosas, que pueden llegar a desgarrarla y dividirla, entre ellas, la ideología del divorcio fácil, que se presenta (o la presentan los medios de comunicación) como una posibilidad al alcance de cualquiera para solucionar las inevitables tensiones familiares. Así, a la primera dificultad de convivencia, a la primera falta de entendimiento mutuo se tira por la calle de en medio y se pide el divorcio, o la separación o se abandona el hogar conyugal. Frente a esta ideología del divorcio fácil, hay que preservar la unidad matrimonial hasta donde sea posible; este es un mandato del Señor cuando nos recordó que lo que Dios une al hombre no le es lícito separar o romper; por eso la salvaguarda de la unidad conyugal debe ser un testimonio de los esposos cristianos en particular en estos tiempos de renuncia a la virtud y a la fidelidad a la promesa dada. En la Familia de Dios es el Amor, es decir, el Espíritu Santo el vínculo que une al Padre y al Hijo en la entrega mutua, en la total donación del ser del Padre al Hijo y del Hijo al Padre. Pues de igual forma, en la familia humana que está llamada a reflejar y vivir en su seno el misterio de la Familia divina, el amor entre los esposos y de éstos para con sus hijos y de los hijos para con los padres y entre ellos mismos debe garantizar la solidez de la estabilidad familiar. Claro que este amor humano para que resulte eficaz y duradero debe inspirarse y apoyarse en el Amor divino, es decir, en la fuerza del Espíritu Santo. En su Carta a las Familias, que el Papa Juan Pablo así lo enseña: "El matrimonio, el matrimonio sacramento, es una alianza de personas en el amor. Y el amor puede ser profundizado y custodiado solamente por el Amor, aquel Amor que es 'derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado'".

La familia es, tiene que ser, una comunidad de amor y el amor hay que cuidarlo y avivarlo continuamente para que no se debilite hasta extin­guirse. Porque "el amor -recuerda el Papa- hace que el hombre se realice mediante la entrega sincera de sí mismo. Amar significa dar y recibir lo que no se puede comprar ni vender, sino sólo regalar libre y recíprocamente".  Pues bien, quien mantiene vivo el fuego del amor humano es, según aquel hermoso verso de San Juan de la Cruz, 'la llama de Amor viva', que es el Espíritu Santo. La familia tiene que dejar espacio al Amor de Dios, tiene que abrirse a él como tal familia y no sólo cada miembro por su cuenta. El Papa, en su Carta a las Familias, insiste una y otra vez en la importancia de la oración en la familia, algo que se está perdiendo en perjuicio de la misma identidad y estabilidad de la familia cristiana, fallo que está impidiendo además que la familia llegue a ser lo que el Concilio quería, una verdadera iglesia doméstica, un santuario de la presencia de Dios Trinidad, lugar de oración y de evangelización. Nosotros, ciertamente, como dice el Apóstol, no sabemos pedir como conviene o lo que nos conviene, "pero el Espíritu Santo intercede por nosotros con gemidos inefables". Abramos, pues, nuestras familias en estos días de Navidad, y siempre, a la acción del Espíritu del Amor del Padre y del Hijo; dejemos que la oración de Jesús en su despedida pidiendo al Padre la unidad de los suyos alcance e interpele también a nuestras familias, para que sean uno, una comunidad de amor, una iglesia doméstica, cada hogar, cada familia cristiana por la acción renovadora del Espíritu Santo, llama de amor viva.

 

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Celebramos hoy, en este domingo dentro de la octava de la Navidad, la fiesta de la Sagrada Familia, y está muy bien puesta aquí esta fiesta, porque ¿quiénes son los protagonistas de la Navidad? En el centro está el recién nacido, Jesús, el Hijo de Dios, que por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajo del cielo y se hizo hombre. Junto a él está su madre, María: en su seno virginal se encarnó por obra del Espíritu Santo para nacer y morir por nosotros. Y está también san José en el misterio de la Navidad: él es el hombre justo escogido por Dios para proteger y cuidar de su Hijo y de la Madre de su Hijo, María de Nazaret. Esta es la Sagrada Familia que hoy celebramos: Jesús, María y José. Es la Familia que Dios nos propone como ejemplo, como modelo, como punto de referencia de lo que es o debe ser una familia cristiana. En la oración que hemos rezado al comienzo de la Misa el ejemplo de la Sagrada Familia se concreta en dos aspectos principales: en las “virtudes domésticas” y en la “unión en el amor”.

¿Cuáles son esas “virtudes domésticas” de la Sagrada Familia que se nos proponen como ejemplo a imitar? La primera y más importante se refiere a la ‘dimensión religiosa’ de la vida familiar. En el centro de un hogar cristiano debe estar siempre Dios; el hogar cristiano debe ser como una ‘iglesia familiar’ donde se reza a Dios, donde se enseña a amar y respetar a Dios. En el hogar de la Sagrada Familia de Nazaret estaba Dios ciertamente, el Hijo de Dios hacia quien dirigían sus pensamientos, sus miradas y todo su amor María y José. Si Dios estuviera en el centro de las familias, ¡de qué otra forma se entendería y viviría la vida familiar! ¿De dónde proceden tantas rupturas, tantos fracasos matrimoniales, dónde está la raíz de los malos tratos y la violencia en muchos hogares? En la ausencia de Dios, en la falta de amor y respeto a Dios y a sus mandamientos que se nos han dado para proteger y defender la dignidad humana. Son cada vez más los hogares en los que los niños crecen sin que sus padres les enseñen a rezar, a amar a Dios, a respetar su santo Nombre; en algunos casos, incluso en la misma casa aprenden los niños a blasfemar de Dios. Dios que ha creado al hombre y a la mujer para que sean uno, Dios es el fundamento de la familia, por eso cuando este fundamento se rechaza o no se tiene en cuenta, no hay que extrañarse que se derrumbe el edificio familiar con facilidad.

La Sagrada Familia es también para nosotros modelo, ejemplo, por su “unión en el amor”. Una familia permanece unida cuando el amor preside las relaciones familiares, cuando cada uno de los miembros actúa teniendo en cuenta el bien de los demás, cuando cada uno procura la felicidad del otro, cuando cada miembro sabe comprender y disculpar las debilidades o fallos de los demás. Claro que esto sólo es posible si manda el amor en el corazón del esposo, de la esposa y de los hijos. Los problemas empiezan cuando se avinagra el vino bueno del amor y se torna amargo como el egoísmo. El egoísmo en el padre, o en la madre, o en los hijos, es el camino, la puerta por donde entran las desavenencias, los choques y enfrentamientos, y en última instancia, la ruptura y quiebra de la vida familiar. La Familia de Nazaret vive estrechamente unida porque las relaciones entre sus miembros están fundadas en el amor, la confianza y el respeto mutuo. Pues así es modelo y ejemplo para nuestras familias: porque en la Sagrada Familia Dios está presente, realmente presente, vitalmente presente, porque en aquel hogar se invocaba a Dios, se meditaba su Palabra, se amaba y respetaba la voluntad de Dios que siempre quiere nuestro bien y felicidad más que nosotros mismos. La Familia de Nazaret es ejemplo y modelo para todas las familias porque en este hogar nunca penetró el egoísmo; al contrario, siempre reinó el amor: el amor es fuente de felicidad, el egoísmo cultiva el rencor y el rechazo del otro.

Señor Jesús, tú que amaste a tus padres y fuiste amado por ellos, afianza a todas las familias en el amor y la concordia, y haz que Dios sea honrado, amado y respetado en todas nuestras familias.