DOMINGO IV ADVIENTO (A)

Is 7,10-14; Sal 23; Rom 1,1-7; Mt 1,18-24

 

DESEO DE CRISTO EN LA FE

 

José María de Miguel González OSST

 

Con este cuarto domingo, el adviento, el tiempo de preparación a la Navidad, se encamina a su fin. El próximo día 25 celebraremos la gran fiesta cristiana, el Nacimiento del Señor. Y hoy, los textos litúrgicos nos proponen la figura de la Virgen Madre que acogió en su seno y dio a luz al Salvador. De la mano de María nos acercamos a Belén: ella es la que mejor puede conducirnos a su Hijo, por eso le pedimos en la Salve: "muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre".  En los planes de Dios, la Virgen aparece como aquella mujer enteramente fiel y obediente a Dios que dará a luz a Jesucristo, primogénito de la nueva humanidad. La Virgen se alza como el prototipo de la mujer fiel y creyente, como la mujer abierta a la voluntad de Dios sobre ella: "Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra".

 

Esta actitud de entrega a Dios y de acogida de su Palabra es la que, en vísperas de la Navidad, nos recomienda vivamente la liturgia: acogeremos a Cristo que viene, si nos abrimos a su gracia. Para eso ha sido el camino del adviento, que está llegando a su fin, para eso hemos escuchado durante este tiempo la llamada del Bautista y de los profetas a preparar el camino al Señor: para abrirnos a la gracia de Dios y disponer nuestro corazón a recibir a Jesús, en la noche santa de su Nacimiento.

 

Todo el camino hacia la gruta de Belén se puede resumir en esta actitud de la Virgen enteramente disponible para lo que Dios quiera de ella. Y el fruto de esta entrega lo expresa bellamente el prefacio de la misa de este cuarto domingo de adviento: "en el seno virginal de la hija de Sión ha germinado Aquel que nos nutre con el Pan de los ángeles, y ha brotado para todo el género humano la salvación y la paz". María, la hija de Sión, la representante de todo el Pueblo de Dios: ella es la tierra fecunda que da fruto, y de este fruto bendito de su vientre vivimos nosotros: de Jesucristo Salvador.

 

Ella es la virgen que  "estaba desposada con José, y antes de vivir juntos resultó que esperaba un hijo, por obra del Espíritu Santo"; ella es la virgen que "dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Enmanuel (que significa 'Dios-con-noso-tros')  El que va a nacer es Dios-con-nosotros, es la presencia personal de Dios en medio de nosotros, "porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo".           

  

En este último domingo del tiempo de adviento, contemplamos a la Virgen que va a dar a luz al Salvador, y lo hacemos avivando en nosotros la fe, único camino de entrada en el misterio de la Navidad. No podemos tener nosotros una actitud diferente de la de José, el cual, cuando comprendió el significado del estado de María, "hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a casa a su mujer".

 

A Belén sólo podemos acercarnos en actitud humilde y confiada. Esto es lo que hizo José y así se comportó María: ambos vivieron y se movieron ante el misterio oculto en las entrañas de la Virgen guiados únicamente por la fe. Fuera de la fe, la Navidad es sólo una fiesta pagana. Y estamos ya a un paso de vaciar la Navidad del misterio que está en su origen: la cele­bración agradecida y gozosa del Nacimiento de Jesús , el Salvador de los hombres.

 

Bajo tu protección nos acogemos, Santa Madre de Dios, ayúdanos a celebrar cristianamente el Nacimiento de tu Hijo haciéndole un hueco en nuestro corazón, acogiéndole dentro de nosotros y de nuestras casas, abriendo nuestra solidaridad y nuestra caridad fraterna a los que como a ti y al Hijo que llevas dentro, nadie recibe, nadie acoge, nadie atiende. Que la alegría de esa noche santa sea por el Salvador que tú nos vas a dar; y que la paz y la felicidad que él nos trae la sepamos nosotros comunicar a los demás en la familia, en el trabajo, allá donde nos encontremos. Esta es la Navidad que tú celebraste y a la que invitas a todos tus hijos.

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(Otra propuesta de homilía)

 

JOSÉ ACOGE EL MISTERIO

 

A las puertas de la Navidad y como introduciéndonos en ella, aparecen hoy los dos protagonistas decisivos del ‘misterio’: María y José, ambos sostenidos en la grandeza de su fe por el Espíritu Santo, que obra en María el misterio admirable de la encarnación y en José la aceptación en la obediencia de la fe de aquel acontecimiento que le sobrepasaba infinitamente.

 

El dato objetivo que nos presenta el evangelio de este cuarto domingo de adviento no admite dudas: María está encinta. José se percata y los vecinos también. María espera un hijo, pero no de José con quien todavía no vivía. El hecho objetivo es el embarazo de María; el hecho misterioso es la intervención del Espíritu Santo: “Antes de vivir juntos resultó que ella esperaba un hijo, por obra del Espíritu Santo”, pues, como le dijo el ángel a José, “la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo”. Por dos veces el texto evangélico subraya la intervención del Espíritu Santo en María. La fe no se pone en juego ante el hecho innegable del embarazo de la Virgen, sino ante la intervención del Espíritu como protagonista del mismo. La fe nos sitúa aquí, en este domingo, ante lo que constituye el centro de la religión cristiana: la encarnación del Hijo de Dios en el seno virginal de María. Esta es la obra del Espíritu Santo, o sea, del poder creador de Dios.

 

La reacción de José es doble: por una parte, ante el embarazo que percibe en su prometida y del que él no es responsable, decide no denunciarla, pues si la denuncia el peso de ley hubiera caído sobre ella. Para salvar su honor y, al mismo tiempo, proteger a María de la ley y de la maledicencia, José decide romper con ella. Y se comporta así, dice el evangelio, “porque era bueno”. Otro en su lugar la habría armado; pero José opta por el mal menor: retirarse él. Así muestra su gran corazón, una enorme generosidad: “porque era bueno”.

 

Por otra parte, ante el misterio, revelado por el ángel, del embarazo de su prometida, José responde con humilde sumisión: “hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a casa a su mujer”. La bondad de José que no quiso denunciar a su prometida, se hace ahora obediencia creyente a las disposiciones inescrutables de Dios. José obedece al ángel, José acoge en la fe pura el misterio que se gesta en las entrañas de María.

 

Y a nosotros, ¿en qué nos afecta la manera de reaccionar de José ante María y ante el misterio que en ella se alumbraba? La actitud de José, llena de bondad y de respeto hacia su joven esposa, y de humilde sumisión ante el misterio de la encarnación, es la misma que hoy se nos pide a nosotros en vísperas de la celebración del misterio del Nacimiento del Señor. También nosotros, como José, hemos conocido, por el anuncio del ángel, el misterio de la encarnación del Hijo de Dios. Y también nosotros, como él, lo acogemos en la fe. Es el único camino de acceso a la Navidad.

 

Que el Espíritu Santo, verdadero protagonista del misterio de la Navidad, nos ilumine para celebrar con gozo y con espíritu religioso el Nacimiento de nuestro Salvador.