DOMINGO III (A) ADVIENTO

 

Is 35,1-6.10; Sal 145; Sant 5,7-10; Mt 11,2-11

 

DESEO DE CRISTO AMIGO DE LOS POBRES

 

José María de Miguel González OSST

 

Un año más nos acercamos con esperanza y alegría a la Navidad. Todo parece rejuvenecer en nosotros: los sentimientos, los buenos deseos y hasta los comportamientos se hacen más fraternos, más nobles. A ello contribuye también la Palabra de Dios que hemos escuchado, y en cuyo centro aparece el retrato que Jesús hace de sí mismo. La ocasión que dio lugar a este autorretrato fue una consulta del Bautista. Éste se hallaba preso por orden de Herodes por causa de su enérgica defensa de los principios morales del matrimonio. Defender la verdad del matrimonio, ayer como hoy, puede traer complicaciones: al Bautista lo metieron en la cárcel y luego le cortaron la cabeza; a la Iglesia de hoy la ponen en la picota los políticos y los medios de comunicación, ridiculizándola, acusándola de casposa y trasnochada porque, como el Bautista, denuncia que no es lícito llamar  y atribuir las propiedades y derechos del matrimonio a lo que en modo alguno puede ser.

 

Hasta la prisión le llegan a Juan noticias confusas sobre la actividad de Jesús, sobre sus obras admirables, sus gestos proféticos y su predicación. En alguna medida la imagen de Jesús que le llega hasta la cárcel no coincide exactamente con la anunciada por él. Por eso “le mandó a preguntar por medio de dos de sus discípulos: ¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?”.

 

Jesús comprende perfectamente las dudas del Bautista y, con suavidad, de modo indirecto, le da la respuesta. En ella, Jesús traza su propio autorretrato: Él es aquel que da la vista a los ciegos, hace caminar a los inválidos; Jesús es aquel que devuelve la salud a los leprosos, el oído a los sordos y la vida a los muertos. Estas son sus obras, obras de misericordia con los más desgraciados, obras de salvación del hombre marginado, oprimido, enfermo. En su autorretrato, Jesús aparece más cercano a los pobres que a los ricos, más parecido a los humildes del pueblo que a los poderosos de este mundo, más preocupado por los pecadores que por los que se creen justos.

 

Jesús viene a nosotros como salvador, como amigo de publicanos y pecadores, como médico de nuestras dolencias; se acerca como hermano solidario con nuestros sufrimientos, con nuestras miserias y soledades. Más que predicar el juicio inminente de Dios, como hizo el Bautista, Jesús proclama la misericordia del Señor. Aquí está la diferencia entre Juan y Jesús: Juan invita a la conversión amenazando con el juicio de Dios; Jesús, en cambio, hace el mismo llamamiento a la conversión pero justificándolo desde el infinito amor de Dios por nosotros. Así es como demuestra a Juan que él es el Mesías anunciado y esperado. En realidad está cumpliendo a la letra la profecía de Isaías: “Mirad a vuestro Dios... viene en persona y os salvará. Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mundo cantará. Pena y aflicción se alejarán”.

 

Son los dones de la salvación que trae consigo Jesús, serán las obras que lo identificarán como el Mesías. Todas ellas se resumen en ésta: “Y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia”. A los pobres les hace, con preferencia, partícipes de la salvación. A los pobres que son injustamente desposeídos de los bienes de este mundo, el Mesías los invita a sentarse, los primeros, a la mesa del Reino. Entre ellos se siente a gusto el Señor, entre los pobres, enfermos y pecadores, gente toda de mala reputación, según la estimación social de la época.  Como esta forma de proceder puede provocar en algunos desconcierto y aun escándalo, Jesús añade: “Y dichoso el que no se siente defraudado por mí”, porque me comporto así, porque regalo la misericordia de Dios a los que más la necesitan.

 

Este es Jesús, el Mesías, cuyo nacimiento nos preparamos a celebrar. Toda la liturgia de este domingo nos invita a alegrarnos por la cercanía del Señor. Es la alegría de la fe que ya ve cumplida la promesa: ¡el Señor viene a nosotros, el Señor está cerca! Abramos las puertas de nuestro corazón y de nuestros hogares para recibirlo en la fe y en la caridad fraterna. Que la alegría exterior, que la fiesta de familia, no nos hagan olvidar el misterio que nos disponemos a celebrar en Navidad: el nacimiento del Hijo de Dios, de aquel que siendo rico, por nosotros se hizo pobre, para colmarnos de sus riquezas. No hagamos consistir la Navidad en lo que no es: la gran fiesta del consumo, sino en lo que verdaderamente es: la fiesta de la solidaridad de Dios, y nuestra, con los pobres y desamparados de este mundo. Esta es la Navidad del cristiano que cree realmente en lo que sucedió aquella noche de Belén.

 

Que el Espíritu Santo, que obró el misterio de la encarnación en el seno de la Virgen Madre, nos conceda la gracia de reconocer y acoger a Cristo en los más necesitados: esta es la celebración de la Navidad que el Señor espera de nosotros.

 

 

 

(Otra propuesta de homilía)

 

 

LA ALEGRÍA DEL ENCUENTRO

 

Los textos litúrgicos de este tercer domingo de adviento expresan la alegría de la Iglesia, de todos los creyentes, por la próxima venida del Salvador: “Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito: estad alegres. El Señor está cerca”. Con esta exhortación de San Pablo se abre la liturgia de este domingo. El motivo de la alegría que aquí se nos inculca no es otro que la cercanía del Señor, su proximidad: “¡El Señor está cerca!”. Para llegar a vislumbrar un poco lo que hay detrás de este grito: “¡el Señor está cerca!”, hagámonos por un momento el cuadro de la situación. Durante siglos los hombres han vivido y muerto esperando al Mesías; durante siglos los hombres, cada vez más hundidos en la desesperación, esclavizados por las injusticias de unos y de otros, de los propios compatriotas y de los invasores extranjeros, cosidos al suelo por sus propios pecados, durante siglos millones de hombres y mujeres han suspirado por la venida de un Salvador. Por eso, para ellos y ellas en aquel día, el día de la venida del Mesías, “el desierto y el yermo se regocijarán, se alegrarán el páramo y la estepa, florecerá como flor de narciso, se alegrará con gozo y alegría”.

 

Con estas crudas imágenes de desierto, yermo, páramo y estepa, el profeta Isaías describe la situación de pobreza, de radical impotencia en que se encuentran los hombres dejados a sí mismos, dominados por su propios impulsos y pasiones desordenadas. La vida del hombre es como un terreno seco, improductivo para el bien, para las obras de justicia. La venida del Mesías será, sin embargo, como “lluvia temprana y tardía” que producirá la renovación, la recreación de lo que parecía muerto: “Mirad a vuestro Dios, que trae el desquite, viene en persona, resarcirá y os salvará”.

 

Ante el panorama de esta futura transformación, el profeta se siente inundado de gozo: porque aquel día “se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará... Pena y aflicción se alejarán”. Son los dones de la salvación que traerá consigo Jesús, serán las obras que lo identificarán como el Mesías. Jesús mismo nos da esa interpretación en el texto de san Mateo que hemos leído. A la pregunta inquieta y dubitativa de Juan Bautista: “¿eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?”, ¿qué responde el Señor?: “Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se los anuncia la Buena Noticia”. Y dirigiéndose directamente a Juan: “Y dichoso el que no se siente defraudado por mí”.

 

Con esta respuesta, Jesús previene a Juan, y en él a todos nosotros, de un posible escándalo, o, por lo menos, desconcierto en relación con su persona y actividad. ¿Por qué? El Bautista está en la cárcel por haber denunciado la inmoralidad del rey Herodes que vivía con la mujer de su hermano. Juan había sido enviado por Dios a preparar los caminos del Señor para recibir al Mesías; él había anunciado la venida con poder y fuerza del Mesías; y él se encuentra ahora en la cárcel adonde le llegan los rumores de la actividad de Jesús que no coincide con la que él había predicado. Y se queda perplejo, le entran dudas, por eso envía a dos de sus discípulos a preguntarle: “Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?”. Porque no coincide exactamente la imagen del Mesías que había anunciado Juan con la imagen de Jesús que le pintan sus discípulos. Porque el Señor no se presenta como juez con “el bieldo en la mano”, como oíamos decir a Juan el domingo pasado, sino que Jesús se presenta como Salvador, como Amigo, como Médico de los hombres, solidario con nuestros sufrimientos, con nuestras miserias, con nuestras enfermedades. Por eso Jesús invita delicadamente a Juan a leer mejor los signos que lo identifican como Mesías a la luz precisamente del profeta Isaías: no se reconoce a Jesús en las manifestaciones de fuerza y de poder, sino en su acercamiento a los necesitados, a los pobres, a los enfermos. Es la misma invitación que nos hace hoy el Señor a cada uno de nosotros, para que no nos suceda lo que canta el poeta: “Con vosotros está y no le conocéis: su nombre es el Señor y pasa hambre, y clama por la boca del hambriento. Su nombre es el Señor, y está desnudo... Su nombre es el Señor, y enfermo vive, y su agonía es la del enfermo. Con vosotros está y no le conocéis”.

Si no le conocemos es porque somos incapaces de reconocerlo donde él nos ha dicho que está: en el pobre, en el débil, en el que sufre. Y, sin embargo, el Señor está cerca; por eso la Iglesia nos invita hoy a gozar ya de su cercanía; a alegrarnos por su venida, que es causa de salvación para todos los hombres. No tenemos que esperar a ningún otro Mesías: Jesucristo es el único Salvador; él está con nosotros oculto en el pobre, en el perseguido, en el hambriento. Pero para descubrirle aquí necesitamos acudir adonde él mismo está sacramentalmente presente: en su Palabra y en su Cuerpo eucarístico. Dichosos los que acierten a reconocerlo: “estad alegres. El Señor está cerca”.