II Domingo de Adviento (A)

 

Is 11,1-10; Sal 71; Rom 15,4-9; Mt 3,1-12

 

DESEO DE CRISTO CON OBRAS

 

José María de Miguel González OSST

 

Estamos celebrando el segundo domingo de adviento, tiempo de espera y de esperanza; pronto llegará el día del nacimiento del Señor. Por eso nos estamos preparando con espíritu de fe, para que la gran fiesta de la Navidad no pase desapercibida o se reduzca a una pura celebración de mesa y mantel. Esperamos al Señor que viene a nosotros; la celebración de su nacimiento es una nueva venida para quien quiera acogerlo en la fe. El viene a nosotros, ¿cómo ir nosotros hacia él?, ¿cómo preparar­nos a recibirlo?, ¿cómo disponernos a celebrar dignamente tan gran acontecimiento?

 

No hace falta que inventemos nada, basta que escuchemos lo que Dios mismo nos dice en su palabra, porque -como nos ha recordado el Apóstol- "todas las antiguas Escrituras se escribieron para enseñanza nuestra", para fortalecer nuestra fe; la pala­bra de Dios es fuente de alegría y de consuelo para quien se deja guiar por ella. Y en este segundo domingo del tiempo de adviento, Dios se dirige a nosotros a través del profeta Isaías y de Juan Bautista. Siete siglos antes del nacimiento del Salvador, el profeta Isaías nos describe los rasgos fundamentales del Mesías que viene: "sobre él se posará el espíritu del Señor". Jesús, lleno del Espíritu Santo, concebido en el seno de la Virgen por obra del Espíritu Santo, actuará como Dios: será defensor de los débiles, de los pobres y oprimidos y se enfrentará a lo poderosos. Así lo pone de relieve el Salmista: "El librará al pobre que clamaba, al afligido que no tenía protector; él se apiadará del pobre y del indigente, y salvará la vida de los pobres". La obra de Jesús consistirá en la reconciliación del hombre con Dios, del hombre con su prójimo, y de todos con la naturaleza: aquel día "habitará el lobo con el cordero, la pantera se tumbará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos: un muchacho pequeño los pastoreará". Este es el cuadro ideal para el final de los tiempos, para el día en que el reino de Cristo se implante en la tierra. Mientras tanto, a nosotros nos corresponde adelantar la hora de su cumplimiento con nuestro trabajo en favor de la justicia y de la paz, colaborando para que la naturaleza no se destruya por obra de la ambición humana. Cada uno de nosotros podemos empezar con  unos cuantos gestos humildes, pequeños, en favor de la reconciliación entre nosotros mismos, como nos ha dicho san Pablo: "acogeos mutuamente como Cristo os acogió para gloria de Dios". Porque estamos en tiempos difíciles para emigrantes pobres; tiempos de cólera racista que infecta la convivencia; tiempos de odio al extranjero. Estos no son, ciertamente, los tiempos del Mesías Rey pacífico, Príncipe de la paz; por eso, nosotros, los cristianos, tenemos que dar testimonio de acogida y de fraternidad: si Dios nos acogió a nosotros, si él nos ha abierto de par en par las puertas de su Reino, no podemos nosotros cerrar las puertas de nuestro corazón a los pobres, emigrantes, víctimas de las guerras y del hambre. Si lo hiciéramos ya no seríamos discípulos de Cristo, ya no podríamos llamar a Dios Padre 'nuestro'.

 

Juan Bautista, desde el desierto, nos invita a preparar el camino al Señor que viene, que llega pronto: "Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos". Es una invitación a cambiar nuestras actitudes, a quebrar la dureza de nuestro corazón, a rebajar nuestro orgullo. Son los frutos concretos de conversión que pide el Bautista: "Y no os hagáis ilusiones pensando: 'Abrahán es nuestro padre', pues os digo que Dios es capaz de sacar hijos de Abrahán de estas piedras". No basta, no es suficiente contentarse con una religiosidad rutinaria y descomprometida; para recibir al Señor, para prepararnos a su nacimiento, tenemos que hacer algo más, algo positivo, algo bueno; son 'obras', lo que exige el Bautista, obras de caridad, de fraternidad, de solidaridad, porque la caridad purifica el corazón y nos dispone a recibir a Dios que es amor.

 

Pues "que Dios, fuente de toda paciencia y consuelo, nos conceda estar de acuerdo entre nosotros, como es propio de cristianos, para que unánimes, a una voz, alabemos al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo". Esto es lo que vamos a hacer ahora con la profesión de nuestra fe que será agradable a Dios si va respaldada por las obras de justicia y caridad.