Domingo XXVII (A)

Is 5,1-7; Sal 79; Fil 4,6-9; Mt 21,33-43

La queja de Dios

 José María de Miguel

A veces nos imaginamos a Dios frío y distante, como si no le afectaran lo más mínimo nuestros olvidos y desplantes, como si le dieran igual los rechazos y traiciones de sus hijos. Pues no, Dios, como Padre que es, ‘sufre’ con el comportamiento torcido y las actitudes desviadas de sus hijos, y le ‘duelen’ en lo más hondo nuestros pecados de indiferencia y desamor. Y no es ninguna exageración, basta escuchar con atención las lecturas que hoy se nos han proclamado; en ellas resuena como un desgarrado lamento, como una queja dolorida que Dios dirige a su pueblo infiel.

1.  “¿Qué más cabía hacer por mi viña que yo no lo haya hecho?”.

La ‘viña’, como dice el profeta Isaías en su canto de lamentación, ‘es la casa de Israel’, o sea, el pueblo de Dios, aquel pueblo que él se escogió como heredad, como propiedad suya entre todos los pueblos de la tierra, por pura gracia, por puro amor. El salmista resume bien la gran obra de Dios en favor de su pueblo, la obra de la liberación de la esclavitud: ‘Sacaste, Señor, una vid de Egipto, expulsaste a los gentiles, y la trasplantaste. Extendió sus sarmientos hasta el mar y sus brotes hasta el Gran Río’. El pueblo de Israel es obra de Dios, fruto de su amor gratuito: él lo libró del Faraón haciéndole pasar a pie enjuto el Mar Rojo, él lo condujo por el desierto durante cuarenta años alimentándolo con el maná, él le hizo atravesar el río Jordán y le entregó la Tierra Prometida, una tierra que mana leche y miel. Y, sin embargo, aquel pueblo mostró su rebeldía y su infidelidad una y otra vez. Por eso Dios se queja amargamente: ‘¿Qué más cabía hacer por mi viña que yo no lo haya hecho?¿Por qué, esperando que diera uvas, dio agrazones?’. En efecto, termina el profeta constatando la triste realidad: ‘Esperó de ellos derecho, y ahí tenéis: asesinatos; esperó justicia, y ahí tenéis: lamentos’. Pero el comportamiento rebelde del pueblo no le saldrá gratis, tendrá que cargar con las consecuencias de sus injusticias. Dios les abandona a su suerte, la viña será arrasada, no producirá nada, sólo zarzas y cardos crecerán en ella. Así profetiza Isaías el futuro de Israel, un futuro negro, pues será invadido por pueblos enemigos y sufrirá la deportación de sus gentes. La lección de la historia no puede ser más elocuente: cuando se abandona a Dios, cuando se rechaza su alianza y se conculcan sus mandatos que son para nuestro bien y salvación, al hombre no le va mejor; al contrario, sufrirá las consecuencias del rechazo de Dios  en su propia carne. A lo mejor a nosotros, que estamos viendo el progresivo desinterés que muestran los hombres de hoy por Dios, nos parece que no por ello les va mal, ni se sienten amenazados en su bienestar, pero Dios no tiene prisa, los tiempos de Dios son la eternidad. Sin embargo, hemos de estar seguros de que el rechazo de Dios no puede ser cosa buena para el hombre, hecho a su imagen y semejanza, y llamado a la comunión plena y eterna con él.

2. “Tendrán respeto a mi hijo”.

Así pensaba Dios, vamos a decir ingenuamente, después de haber soportado una y otra vez a lo largo de la historia las múltiples pruebas de rebelión y rechazo por parte de su pueblo. La imagen de que se sirve Jesús en la parábola es también la de una viña, que representa al pueblo de Dios. Pero el matiz que introduce Jesús en la parábola es muy importante: el propietario de la viña es Dios. No es el pueblo dueño de sí mismo y de sus destinos, es simplemente arrendatario, por eso tiene que pagar a su propietario el arrendamiento debido. Este precio no es otra cosa que el compromiso de Israel para con su Dios de serle fiel y cumplir sus mandatos. Pero como hemos visto, ni fue fiel ni cumplió con las cláusulas de la alianza que prometió a Dios ante Moisés en el Sinaí. Por eso el Señor les fue enviando profetas para recordarles que debían pagar el arrendamiento, o sea, que debían ser fieles a Dios. Pero no les hicieron caso; al contrario, acabaron con todos. Esto lo sabían muy bien los sumos sacerdotes y senadores del pueblo a quienes se estaba dirigiendo Jesús. Y aquí da un vuelco la narración: la serie de profetas enviados por Dios para llamar a Israel a la conversión había terminado; ya sólo quedaba el Hijo. Pero tampoco al Hijo le respetaron, más bien se ensañaron con él, pues pensando quedarse con la herencia, ‘agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron’. Jesús dibuja con toda claridad su trágico destino y la responsabilidad de los jefes que lo escuchan haciéndoles pronunciar su propia sentencia, pues a la pregunta ‘qué hará con aquellos labradores el dueño de la viña’, ellos contestaron: ‘Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a sus tiempos’.

3. “El Reino se dará a un pueblo que produzca sus frutos”.

Y, en efecto, la herencia fue rechazada, pero no se perdió, pues ‘la piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular’. Rechazaron a Jesús, el último enviado, mataron al Hijo, por medio del cual Dios quería hacer volver al pueblo de Israel al buen camino. Pero su muerte no fue inútil, sobre ella Dios levantó otro pueblo, es la Iglesia de Cristo la que recogió la herencia, ella es la nueva viña de Dios adquirida a gran precio, el precio de la sangre preciosa del Hijo. Ante tales muestras de amor, la Iglesia debe responder con frutos de justicia, fidelidad y caridad. La Iglesia es hoy el nuevo pueblo de Dios, que está formado por muchos pueblos, unos más antiguos, otros más recientes. Pero algunos de estos pueblos, los más viejos, ya no dan el fruto que de ellos espera Dios, frutos de fe, justicia y caridad, que son los frutos que hacen crecer el Reino de Dios en el mundo. Pero no por eso Dios dejará de ofrecer sus dones a los hombres: ‘se os quitará a vosotros el Reino y se dará a un pueblo que produzca sus frutos’. Lo que pasó una vez con el pueblo de la antigua alianza, puede pasar ahora con los pueblos que rechazan el Evangelio. La Iglesia como tal seguirá adelante, pues está fundada sobre la piedra angular, Cristo muerto y resucitado, pero los pueblos que en esta hora den la espalda al Evangelio cargarán con su propia culpa; ya habrá otros pueblos que recojan la herencia y la lleven adelante para bien de las generaciones futuras.

En las lecturas ha resonado una queja de Dios y una advertencia: es importante que no caiga en vano, hagamos, pues, caso de la exhortación de San Pablo: ‘Lo que aprendisteis, recibisteis, oísteis y visteis en mí, ponedlo por obra. Y el Dios de la paz estará con vosotros’. Para eso celebramos la Eucaristía cada domingo, para oír la palabra de Dios y para coger fuerzas alimentándonos de Cristo y así poder perseverar en el combate de la fe, dando frutos de vida eterna.