DOMINGO XXII (A)

Pensamiento de Dios, pensamiento del hombre

 José María de Miguel

En el Evangelio del domingo pasado, del que el de hoy es continuación, había una palabra de Pedro sobre Jesús: ‘Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo’, y una palabra de Jesús sobre Pedro: ‘Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia... Te daré las llaves del Reino de los cielos’. En boca de Pedro está la confesión de fe acerca de Jesucristo que sólo podemos hacer si el Padre sostiene y aviva nuestra fe; en boca de Jesús se nos revela el misterio de Pedro como piedra de la Iglesia de Cristo, como administrador de los bienes de la salvación. Pero tanta grandeza de Cristo y de Pedro pasa por el filtro de la cruz, se prueba y demuestra en el crisol del sufrimiento. Es la enseñanza de la palabra de Dios de este domingo.

1.     La cruz, signo identificativo del Maestro y del discípulo

Terminaba el Evangelio del domingo pasado mandando Jesús a sus discípulos ‘que no dijeran a nadie que él era el Mesías’. Una prohibición extraña, pero que tiene su explicación. La idea del Mesías que circulaba entonces no tenía nada que ver con el proyecto y destino de Jesús. Frente al Mesías triunfador mediante el poder de las armas, Jesús se presenta manso y humilde de corazón; su carrera no será gloriosa, sino marcada por el fracaso de una muerte ignominiosa. Por eso les anticipa a los discípulos lo que le espera en Jerusalén: aquí tendrá que ‘padecer mucho por parte de los senadores, sumos sacerdotes y letrados, y que tenía que ser ejecutado’. Pero para que los discípulos no quedaran completamente confundidos con semejante anuncio les asegura que la muerte no será el final, pues al tercer día resucitará. Sin embargo, este desenlace feliz no convence nada a Pedro, que intenta por todos los medios quitar de la cabeza del Maestro tal pensamiento: ‘¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte’. Pedro, que acababa de oír de boca de Jesús la gran misión que le encomendaba, recibe ahora la más dura reprensión: ‘¡Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios!’. Pedro, por el grande amor que tiene a Jesús, no puede comprender que los jefes del pueblo quieran matarlo, por eso, con la mejor voluntad, intenta apartarlo del camino de la cruz. Es el pensamiento normal de los hombres que rechazamos el fracaso, que nos da miedo el sufrimiento, que tememos a la muerte. Pero los pensamientos de Dios son otros; no que se complazca en el dolor y la muerte, no que quiera que su Hijo muera crucificado ni que nosotros sus hijos vivamos abrumados por el sufrimiento: esto no lo puede querer Dios. Los pensamientos de Dios, que no son como los de los hombres, se refieren al amor: su proyecto de amor para con nosotros, la obra de la redención, no puede llevarse a cabo más que a través de la cruz, porque las fuerzas del mal son tan grandes, tan negadoras del amor, que sólo llegando hasta el final, dando la vida, el amor pude abrirse paso y triunfar sobre el pecado y la muerte. Por eso, Jesús que camina hacia esa cumbre del amor, que es dar la vida por nosotros, nos invita a los discípulos a aceptar la cruz y seguir su mismo camino. Él va por delante y lleva la cruz más pesada, porque incluye todas las nuestras; él nos ayuda a hacernos cargo de nuestra propia cruz, que es el esfuerzo por serle fieles hasta dar la vida, si fuere el caso, por él, ya que él la ha dado por nosotros. En muchos lugares del mundo, llevar esta cruz hoy es un riesgo mortal. Pero los discípulos sabemos que el premio de la cruz es la vida. Sin embargo, siempre habrá alguno que, como Pedro, con la mejor voluntad, intente apartarnos del camino de la fidelidad a Cristo para evitarnos complicaciones. Entonces conviene escuchar la advertencia de Jesús: ‘¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero si malogra su vida?’.

2.     Abrasados por la Palabra

Cargar con la cruz del seguimiento de Cristo no es tarea fácil; realmente, sólo podremos emprender este camino si, como Jeremías, hemos sido seducidos por el Señor, si hemos sentido el amor de Cristo, la fuerza de su palabra. También hoy los discípulos somos el hazmerreír de mucha gente supuestamente progresista.  Ante la inmensa corriente de la secularización que está causando estragos en las convicciones religiosas de mucha gente, los cristianos tenemos que agarrarnos a la única tabla de salvación: la palabra de Jesús, el Evangelio. Así podremos vencer la tentación del desaliento y del abandono, asidos a la única palabra de la verdad, como el profeta, el cual confiesa que: “la palabra era en mis entrañas fuego ardiente, encerrado en los huesos; intentaba contenerla, y no podía”. Es la palabra de Cristo que transfigura la vida entera.

3.     La existencia como ofrenda

Porque, en última instancia, el culto que agrada a Dios no es el cumplimiento de unas cuantas prácticas religiosas, que muchas veces son rutinarias y superficiales, sino la vida misma del creyente, el esfuerzo por mantenernos fieles, la coherencia entre lo que decimos creer y practicar, en una palabra, el empeño por no ajustarnos, por no acomodarnos, por no seguir los criterios del mundo que nos impone abrumadoramente un modo de comportamiento contrario al Evangelio. La existencia entera debe ser la ofrenda que presentamos a Dios, y no sólo una vez a la semana, durante un rato en la iglesia, sino todos los días y todas nuestras actividades. Quien esté dispuesto a llevar la cruz y a dejarse seducir por la persona y el mensaje de Jesucristo, podrá entender y vivir su existencia como una ofrenda agradable a Dios: ‘Éste es vuestro culto razonable’.

En la oración de entrada de esta misa hemos hecho una petición importante para poder llevar a la práctica el mensaje de la palabra que hemos escuchado y comentado: hemos pedido a Dios, nuestro Padre, que siembre en nuestros corazones el amor de su nombre, o sea, el amor a él, que es el único modo de que nuestra vida se torne más religiosa: que nos hace mucha falta para hacer el bien y perseverar en él.