Domingo XVI (A)

Sab  12,13.16-19; Sal 85; Rom 8,26-27; Mt 13,24-43

El deseo del Espíritu

 José Mª. de Miguel

 

En el campo del mundo como en el interior de la Iglesia todos andamos mezclados, los buenos y lo malos. A veces los buenos terminan siendo malos y los malos se hacen buenos. Nada hay decidido hasta el final. En nuestro mismo interior se alternan sentimientos buenos y malos, por eso unas veces obramos el bien y otras nos deslizamos por la pendiente del mal. Lo importante es mantener siempre bien orientada la nave en medio de las tempestades de la vida.

1. “El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad”.

Lo primero que el Apóstol nos pone delante sin demasiados remilgos es lo que somos, nos confronta con nosotros mismos a cara descubierta: somos débiles, frágiles, con marcada tendencia al egoísmo y a la vanidad, por eso nuestra relación con Dios está lastrada por nuestras ‘necesidades’. Es el ‘yo’ que gira sobre sí mismo y con dificultad se abre a la intervención inesperada, ‘diferente’ de Dios, por eso “no sabemos pedir lo que nos conviene”. Creemos que lo mejor para nosotros, y para nuestros seres queridos, es una buena colocación, una salud a prueba de virus, una carrera brillante, unos ingresos saneados, una vida conyugal satisfactoria. En definitiva, con frecuencia pedimos mirándonos a nosotros mismos y  a nuestras reales o supuestas necesidades materiales actuales, nuestras personales o de la familia. El Espíritu Santo nos ayuda a romper este círculo vicioso, o sea, a salir de nosotros mismos, para ver más lejos, para anhelar otros bienes que no son contantes y sonantes pero que llenan el alma de paz y serenidad, por ejemplo los dones del Espíritu Santo o las virtudes teologales, la fe, la esperanza y la caridad. Pero este salto no podemos darlo nosotros sin más, con nuestras propias fuerzas, porque nuestros intereses materiales pesan mucho, tiran para abajo, nos atan al suelo. El Espíritu es el punto de vista de Dios, la luz de Dios, la voz interior de Dios. Como no sabemos orar ni somos capaces de entrar en relación viva con Dios, necesitamos la ayuda, el apoyo del Espíritu que penetra y sondea lo íntimo del hombre y de Dios. Por eso, la oración cristiana comienza siempre con la invocación al Espíritu Santo, para que llegue a Dios Padre, por medio de Jesucristo, y sea escuchada. Lo que realmente nos conviene y es útil para nuestra salvación nunca nos lo negará Dios. El Espíritu Santo nos enseña a orar así. Este es su deseo y esta su intercesión por nosotros, a favor nuestro.

2. “Tu poder es el principio de la justicia, y tu soberanía universal te hace perdonar a todos”.

El Espíritu nos enseña a orar como conviene y a reconocer a Dios, rechazando las falsas imágenes de Dios que circulan por ahí. ¿Qué queremos decir cuando hablamos de la omnipotencia divina, de Dios todopoderoso? El poder de Dios no es tiranía, ni despotismo. ¿Qué puede sacar Dios de nosotros? ¿Qué le podemos dar para que quede satisfecho? Dios no necesita de nosotros, ni por tanto nada le podemos añadir a su plenitud divina. El poder de Dios no es como el de los hombres que con tanta y penosa frecuencia no lo conciben como servicio al bien común sino como autopromoción, ni se entiende como dominio despótico que no conoce límites ni frenos a su insaciable codicia. El poder de Dios es inseparable de la justicia. Tenemos confianza en la justicia divina porque Dios ‘puede’ realizarla y la realizará. Pero la justicia alcanza su máxima expresión cuando se hace perdón. Que Dios es justo y hace justicia se manifiesta sobre todo en el perdón: “juzgas con moderación y nos gobiernas con gran indulgencia, porque puedes hacer cuanto quieres”. La omnipotencia divina se demuestra sobre todo en el perdón: Dios es capaz de perdonarnos, es más, tan grande es su deseo de perdonarnos que “diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento”. Incluso cuando pecamos y nos apartamos de Dios la justicia divina se nos muestra como infinita paciencia, para que nos convirtamos y  pueda regalarnos su perdón.

3. “Dejadlos crecer juntos hasta la siega”.

Mientras el hombre vive en este mundo, sometido a la tentación y al pecado, siempre hay lugar al arrepentimiento, en todo momento, hasta el último, podemos convertirnos y volver a Dios. Por eso el Señor no permite que se arranque la mala hierba: “No, que podríais arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega”. En el tiempo no está nada decidido, aunque la decisión definitiva tiene lugar en el tiempo de la vida: una decisión que puede conducir al “horno encendido”, destino reservado para “los corruptores y malvados”, o a la luz eterna donde los justos brillarán “como el sol en el Reino del Padre”. Este es el final feliz, la gracia que nos conviene, por eso el Espíritu intercede por nosotros “con gemidos inefables”.

El tiempo de nuestra vida es el tiempo de la paciencia de Dios, la paciencia del Padre bueno con sus hijos pródigos. Él espera siempre nuestra vuelta a casa. Y ¿cuál es su casa sino la iglesia donde nos alimenta con la palabra y con el cuerpo y sangre de su Hijo? Aquí recibimos la fuerza y la gracia para mantenernos fieles en medio de tanta cizaña como crece a nuestro alrededor y dentro de nuestro corazón.