Domingo XVII (A)

1 Re 3,5.7-12; Sal 118; Rom 8,28-30; Mt 13, 44-52

El don del discernimiento

 José María de Miguel

        En la oración de entrada de esta Misa hemos pedido a Dios nuestro Padre que “de tal modo nos sirvamos de los bienes pasajeros, que podamos adherirnos a los eternos”. Gráficamente se describe aquí la tensión de la vida cristiana, en la medida que quiera ser auténtica, y no mera rutina de puro cumplimiento. Por un lado, no podemos vivir sin servirnos de los bienes de este mundo. Tal vez podríamos prescindir de muchos bienes, algunos claramente superfluos, pero por mucho que los recortemos siempre tendremos que echar mano de bienes materiales para vivir en este mundo. El otro polo de la tensión son los bienes eternos, fundamentalmente la posesión de Dios, o mejor, el ser poseídos por Él. Pero estos bienes no están al alcance de la mano; se nos prometen para un futuro que quisiéramos lejano, y así apenas tenemos experiencia de ellos. La tentación es poner todo el énfasis y todo el corazón en los bienes materiales hasta quedar como atrapados por ellos. Y ahí está el peligro del materialismo que nos acecha en cada esquina de la vida. Por eso hemos pedido capacidad de discernimiento para interpretar y manejar los bienes de este mundo de tal modo que no nos cieguen, sino que nos permitan ver  y desear los bienes que Dios nos ha prometido.

1. La petición que agrada al Señor

        ¿Qué es lo que los cristianos piden o pedimos habitualmente a Dios? ¿Cuál es el contenido ordinario de nuestra oración? Con frecuencia, beneficios, favores, soluciones a problemas, cosas en provecho propio o de los nuestros. El rey Salomón, en el día de su coronación, es consciente de sus deficiencias, conoce sus limitaciones para desempeñar con fidelidad la función real que asume: impartir justicia en nombre de Dios, y como ‘vicario’ suyo. Una tarea sumamente importante, porque haciendo justicia a los que sufrían atropellos e injusticias era como el rey representaba a Dios, que no se deja corromper por los poderosos de este mundo. Por eso ante la oferta de Dios: “Pídeme lo que quieras”, él responde: “Da a tu siervo un corazón atento para juzgar a tu pueblo, para discernir entre el bien y el mal”. No pidió lo habitual: salud, dinero y amor. Y a Dios le agradó aquella oración desinteresada, abierta a los demás, y preocupada por cumplir con fidelidad la misión que se le confiaba. Una petición que tendríamos que hacer todos, sacerdotes, padres de familia, servidores públicos: ser fieles en el cumplimiento de la propia vocación. Pero la petición del rey Salomón contiene también un valor que nos hace falta a todos con urgencia: saber discernir entre el bien y el mal. ¿Quién no sufre el acoso de la confusión y de la relajación de los valores morales? Nos cuesta muchas veces localizar el mal, identificar el pecado, dentro de nosotros y en la sociedad. El bombardeo constante de opiniones y de comportamientos inmorales pero socialmente aceptados oscurecen y debilitan en nosotros la capacidad de discernimiento de lo que es bueno y de lo que es malo. El Papa Benedicto XVI ha denunciado una y otra vez la incapacidad de nuestra cultura occidental enferma de relativismo para distinguir entre el bien y el mal. No puede haber recuperación de la dignidad humana y de los valores morales que no empiece por aquí: por la clarificación de lo que es bueno y lo que es malo, lo que es conforme a la voluntad de Dios y lo que se opone a ella, lo que nos hace bien y lo que nos perjudica moralmente. Por eso hacemos nuestra hoy también la petición de Salomón: Danos, Señor, capacidad “para discernir el mal del bien”.

2. Lo más valioso

        Si, como Salomón, pidiéramos discernimiento para sopesar los valores y bienes de este mundo, Dios sería el bien mayor, el valor primero. Entonces por él sacrificaríamos todo lo demás. Pero el reino de Dios es un tesoro demasiado escondido, una perla demasiado oculta: es una promesa; lo real es la cuenta corriente, el empleo, la familia, los bienes contantes y sonantes que tenemos. Así, mientras Dios no sea verdaderamente real, tan real que ocupe el centro de la vida, no podrá ser considerado como lo más grande y valioso. Pero el que lo descubre, el que se encuentra con Dios, con el Dios que sale siempre a nuestro encuentro, ese no sufre depresiones porque tiene que romper con todo para seguir al Señor, sino que se siente colmado de paz y alegría. Porque nada es comparable con el don de Dios, pues sabía Santa Teresa, “quien a Dios tiene nada le falta, sólo Dios basta”.

3. Para alcanzar la gloria

        Todos los hombres y mujeres del mundo están invitados a entrar en el reino; es más, por la obra redentora de Cristo la humanidad entera está, en principio, dentro de la red echada por el Señor desde la cruz. Y justo por eso, por el infinito don del amor de Dios, seremos probados en el juicio: habrá separación final, para bien y para mal. Pero los discípulos “sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman”. Dios, que nos ha llamado al reino, nos ha perdonado y nos promete la gloria. Eso sí: si nos esforzamos en reproducir la imagen de su Hijo, para llegar a ser, en él, hijos de Dios. Esta es la meta a la que el Padre nos ha destinado.

    ¿ Pero cómo apreciar el don de Dios como la perla preciosa, como el tesoro escondido; cómo saber distinguir entre el bien y el mal para encaminar nuestra conducta según la voluntad de Dios; cómo podemos llegar a ser “imagen de su Hijo” y así alcanzar la gloria? El camino se nos ha mostrado, el aprendizaje lo tenemos a mano: la participación fiel en los sagrados misterios de su Palabra y del Sacramento de su Amor. No es el único camino, pero sin él difícilmente Dios llegará a ocupar el centro de nuestra vida.