DOMINGO XIX (A)

 

1Re 19,9-13; Sal 84; Rom 9,1-5; Mt 14,22-33

 

A LA BÚSQUEDA DE DIOS

 

José María de Miguel González OSST

 

En la Plegaria eucarística IV, la Iglesia recuerda la historia de la salvación del hombre, creado a imagen de Dios para que hiciera sus veces en el mundo, pero este encargo no prosperó. Y, sin embargo, “cuando por desobediencia perdió tu amistad, no lo abandonaste al poder de la muerte, sino que, compadecido, tendiste la mano a todos, para que te encuentre el que te busca”. Dios se hace siempre encontradizo del hombre que no se contenta con vivir al día, sin preguntarse por su origen ni por su futuro más allá de la muerte.

 

1.     El paso del Dios

Cuando Elías, huyendo de sus perseguidores, se refugió en una cueva, oyó que el Señor le decía: “Sal y aguarda en el monte, que el Señor va a pasar”. Es una invitación que hoy nos dirige a nosotros: el Señor pasa continuamente por nuestra vida, delante de nosotros, ¿cómo encontrarlo?, ¿dónde experimentar su presencia? El relato bíblico dice primero dónde no estaba Dios y luego dónde lo encontró Elías.

Dios no está en el viento huracanado; Dios no está en el terremoto; Dios no está en el fuego abrasador. O sea, en principio, a Dios no lo encontramos en las catástrofes naturales. No nos es lícito asociar a Dios con la destrucción provocada por las fuerzas de la naturaleza. Cuando en diciembre pasado un tsunami, aquella ola gigante, arrasó el sudeste asiático algunos dijeron que era un castigo de Dios. Si nos atenemos al texto bíblico que hoy hemos escuchado tenemos que decir que Dios no estaba allí, en el maremoto, que aquella catástrofe no es cosa de Dios, y menos interpretándola como un castigo infligido indiscriminadamente a culpables y a inocentes. Eso es absurdo y aun blasfemo. Un terremoto sucede cuando se rompen los equilibrios naturales sobre los que se sustenta el planeta. Esto ha sucedido siempre, y seguirá sucediendo, porque no estamos en un mundo perfecto.

¿Dónde dice la Biblia que Elías se encontró con Dios, que lo percibió cercano, pasando junto a él? En la quietud, en el silencio, en el susurro. Y “Elías, al oírlo, se cubrió el rostro con el manto y salió a la entrada de la gruta”. Es un mensaje para nosotros, inmersos en la sociedad del ruido y del espectáculo. Si no hacemos silencio interior, si no recuperamos la paz de la conciencia, si no nos cubrimos el rostro, es decir, si no somos conscientes del Misterio divino que nos envuelve y penetra, que nos supera infinitamente, es muy difícil que percibamos el paso de Dios por nuestra vida, junto a nosotros. Dios no es un objeto más de consumo a nuestro alcance, Dios no está a nuestra disposición para satisfacer nuestras necesidades.

 

2.     Jesús en oración

El encuentro con Dios puede darse en cualquier circunstancia de la vida, porque Dios siempre nos sale al paso, se nos adelanta en medio de nuestras preocupaciones, pero siempre a modo de susurro casi imperceptible. Por eso hay que estar muy atentos para percibir su paso. A Dios le encontramos normalmente en la oración, porque es aquí donde hacemos silencio interior, donde reposamos en el Señor, donde le prestamos atención, donde nos dirigimos confiadamente a él. Jesús, después de saciar a la multitud con el milagro de la multiplicación de los panes y los peces, despide a la gente y a sus discípulos y él se retira solo al monte para orar. En la soledad y en el silencio, después del ajetreo del día, Jesús abre su corazón de Hijo al Padre. De aquí, de este diálogo de amor, saca fuerzas para continuar con la misión que el Padre le ha confiado, y que no es otra que hacer de nosotros hijos de Dios, partícipes de su misma gloria. Por eso, en la oración de entrada de esta Misa hemos hecho una petición importante: “Oh Dios, a quien podemos llamar Padre; aumenta en nuestros corazones el espíritu filial, para que merezcamos alcanzar la herencia prometida”. El espíritu filial sólo es posible si cultivamos el diálogo con Dios nuestro Padre en la oración.

 

3.     Sobre las aguas

Pero en la vida del cristiano no todo es quietud, paz y sosiego espiritual; a veces nos vemos envueltos en tormentas que nos sacuden y zarandean, poniendo a prueba nuestra fe. En algunos lugares de la tierra estas tormentas son sangrientas, los cristianos sufren verdaderas persecuciones, incluyendo el martirio; en otros sitios, como aquí entre nosotros, las tormentas que se descargan sobre los creyentes revisten la forma de la insidia, de la burla sarcástica, del menosprecio. Los apóstoles van en la barca, o sea, están dentro de la Iglesia, y, sin embargo, sufren en su carne las amenazas y persecuciones de los que tratan de hundir y hacer fracasar el mensaje del Evangelio. En medio de los peligros siempre tendremos cerca a Jesús: “Ánimo, soy yo, no tengáis miedo”. Es una llamada a mantener viva la fe: porque donde la fe está viva, allí el miedo no anida. El miedo a hundirnos, a que la Iglesia no siga adelante, a que esto termine con nosotros, es siempre expresión de falta de fe. Así se lo recordó Jesús a Pedro cuando le pidió ayuda porque se hundía: “¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?”. Sólo se hunde, sólo fracasa el que pierde la confianza en Jesús. Al final, después de la prueba viene la calma, y con ella la confesión de fe: “Realmente eres Hijo de Dios”.

 

La Eucaristía dominical es el momento semanal para el encuentro con Dios, escuchando su palabra, meditándola en el silencio del corazón, participando de su mesa: aquí se fortalece la fe contra las insidias que nos acechan y nos hacen dudar, porque aquí, en la Misa, percibimos el paso del Señor que viene a nuestro encuentro y nos invita a confiar en él. Pues para eso ha querido quedarse con nosotros en la doble mesa de la Palabra y del Pan partido.