Domingo XIV (A)

Zac 9,9-10; Sal 144; Rom 8,9.11-13; Mt 11,25-30

En la escuela del Maestro

José Mª. de Miguel 

No podemos negar que tenemos dificultades con la oración, que apenas sabemos orar, que oramos poco. Y, sin embargo, la calidad de la vida cristiana está íntimamente ligada a la práctica de la oración, porque nuestra relación con Dios se establece fundamentalmente a través de la oración. Pues bien, hoy el evangelio nos presenta a Jesús orando, nos revela el misterio de su oración: cómo oraba, qué palabras usaba para orar, cuál era el contenido de su oración. Nos ponemos a su escucha, entramos en su escuela para aprender a orar de labios de nuestro Señor y Maestro.

1.”Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra”.

Jesús nos enseñó a dirigirnos a Dios como Padre nuestro del cielo con toda confianza, sin muchas palabras, poniendo el acento más que en las cosas que necesitamos en Aquel a quien nos dirigimos, “porque vuestro Padre sabe lo que necesitáis antes de pedírselo”(Mt 6,8). Por eso nos enseñó a centrar nuestra atención en Dios como Padre nuestro, al que debemos amor y respeto, y esto se cumple cuando su santo nombre es santificado en nosotros, cuando nos abrimos y acogemos el reino, es decir, a Dios mismo actuando en nuestra historia, y cuando cumplimos su voluntad con total fidelidad, ‘como en el cielo’. Después vendrá todo lo demás. Pero lo que Jesús nos enseñó es lo que practicaba Él. En la oración, Jesús se dirige a Dios como a su Padre del cielo, y no emplea esta invocación como un título retórico, sino con toda propiedad y verdad, porque Él es el Hijo unigénito. Para Jesús, el Dios del cielo es su Padre, de modo que en la misma invocación  nos revela quién es Dios y quién es Él: Dios es el Padre, su Padre, y Él es el Hijo, su Hijo único. Si Jesús nos enseñó a comenzar la oración bendiciendo a Dios: ‘santificado sea tu nombre’, Él empieza la suya dando gracias porque se ha cumplido la voluntad del Padre que “enaltece a los humildes y a los ricos los despide vacíos”. Los misterios del reino se han abierto “a la gente sencilla”, mientras que los soberbios no tienen acceso. Al Mesías que viene a nosotros “modesto y cabalgando en un asno” sólo son capaces de acogerlo y reconocerlo los humildes, los pobres, los sencillos.

2. “Todo me lo ha entregado mi Padre”.

Los misterios del reino que Jesús, por voluntad del Padre, revela a los humildes se resumen en el misterio mismo de Dios. Conocemos quién es Jesús, el Hijo, si el Padre nos lo revela: y así lo hizo en el bautismo y en la transfiguración. Entonces una voz del cielo nos lo presentó: “Este es mi Hijo amado”. Nadie puede ir a Jesús, creer en Él, si el Padre no lo atrae (Jn 6,44). Pero también es verdad que al Padre sólo lo conoce Jesús, el Hijo, y por eso sólo Él nos lo puede revelar,  y Jesús nos revela al Padre realizando la obra de nuestra salvación (Jn 17,4). Sabemos quién es el Padre dejándonos instruir por el Hijo, escuchando sus palabras y dejándonos transformar por el amor que nos demostró ‘hasta el extremo’(Jn 13,1), en su muerte y resurrección. El misterio de Dios que Jesús nos ha revelado es la comunión íntima de amor del Padre y del Hijo, una comunión realizada por el Espíritu Santo, que es, según el Apóstol, el ‘Espíritu de Dios’ y el ‘Espíritu de Cristo’, el Espíritu que nos pone en comunión con Dios y nos introduce en su misterio.

3. “Venid a mí todos los que estáis cansados”.

Jesús, el revelador de los misterio del reino y del misterio de Dios, se hace cargo de nuestras dificultades, de nuestra debilidad para acoger su mensaje y seguirle. Por eso nos hace una triple invitación:

-         Venid a mí: Él es la fuente de todo consuelo. En ningún otro encontraremos paz, “porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos”(Hech 4,12).

-         Cargad con mi yugo: el Señor dice que no es pesado, que es llevadero, pero los preceptos evangélicos  a los que se refiere Jesús como su ‘yugo’, son una ‘carga ligera’ sólo por el amor. Si amamos a Cristo sus mandatos no son pesados, pero cuanto menos le amamos más duro, más impracticable nos resulta el camino del evangelio.

-         Aprended de mí: yendo hacia Él, siguiéndole a Él, aprendemos a ser como Él, a tener sus mismas actitudes y sentimientos de humildad y mansedumbre; así nos realizamos como ‘cristianos’, y por tanto, en la progresiva configuración con Cristo encontramos nuestros descanso.

La oración de Jesús rebosa alegría; en el texto paralelo de San Lucas se nos dice expresamente que fue hecha en el gozo del Espíritu Santo (Lc 10,21). En la oración del comienzo de la Misa hemos pedido como fruto de esta celebración “una alegría santa”, como una anticipación “de los gozos del cielo”. Pero para poder disfrutar de esta alegría tenemos que ser liberados “de la esclavitud del pecado”. San Pablo ya nos ha advertido que si vivimos según la carne, es decir, bajo el dominio del pecado, el Espíritu de Cristo no habita en nosotros, y por tanto, no podemos gozar de la paz y de la alegría de Dios. Que la celebración de esta Eucaristía nos ayude a romper con las ataduras del pecado para vivir en la libertad de los hijos de Dios, pues “si con el Espíritu dais muerte a los obras del cuerpo, viviréis”.