DOMINGO III (A) PASCUA

 José Mª. de Miguel

“Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo”.

    Vamos a partir de este texto del Evangelio de San Lucas para llegar a una comprensión más clara del mensaje de la Palabra de Dios de este tercer domingo de Pascua. El núcleo del mensaje evangélico se puede resumir así: Jesús resucitado camina con nosotros, a nuestro lado, pero nosotros no somos capaces de reconocerlo. No es que Dios esté ausente de la historia de los hombres, es que los hombres estamos con frecuencia ausentes de Dios. Muy ocupados en nuestros asuntos, vivimos despreocupados de las cosas de Dios. A veces se oyen quejas como ésta: el rastro de Dios no se ve por ninguna parte; muchos dicen que nunca se han tropezado con él, que no han experimentado a Dios cercano ni han sentido jamás su presencia en sus vidas. Esta la queja, pero la realidad es bien distinta, porque como dijo San Pablo a los atenienses: “En Dios vivimos, nos movemos y existimos”. Que es una manera de afirmar la cercanía y presencia de Dios en medio de los hombres. De modo que por lo que toca a Dios, él camina siempre a nuestro lado, está con nosotros. Si no lo reconocemos, es porque nuestros ojos –los ojos del alma- no están del todo sanos para contemplar la luz de Dios, reflejada de mil maneras en los acontecimientos de la vida, en el rostro del hermano o del desconocido que pasa junto a nosotros.

    Veamos el caso de los discípulos de Emaús . ¿Por qué no reconocieron al principio a Jesús Resucitado que caminaba con ellos? Si leemos detenidamente el relato evangélico, encontraremos la causa en una interpretación errónea de la vida y de la muerte del Señor: “Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves, hace dos días que fue ejecutado”. Estos discípulos habían mirado a Jesús únicamente con los ojos de la carne; habían visto en él a un líder político-religioso que les llevaría a la victoria contra el ocupante romano opresor. Sin embargo, esta manera de entender las cosas choca con la descripción que ellos mismos dan del Señor: “Jesús el Nazareno, que fue profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y todo el pueblo”. En estas breves palabras queda bien reflejada la verdadera identidad de Jesús: él no es un líder revolucionario; él es el siervo de Dios; él es un profeta acreditado por Dios, que realizó “por su medio los milagros, signos y prodigios que conocéis”. Ahora bien, el testimonio del Padre a favor de su Hijo que se hizo especialmente visible en el bautismo y en la transfiguración, se vino abajo, se desmoronó en cuanto detuvieron y mataron a Jesús. Su detención y muerte fue el comienzo de la gran desbandada, de la gran decepción para sus discípulos y seguidores. Tras la muerte de Jesús todo parece haber concluido; cada uno se vuelve a su casa, a sus antiguas ocupaciones. Es el caso de los discípulos de Emaús: dan por terminada la bella historia de Jesús el Nazareno; para ellos no fue más que una fugaz ilusión. Ni siquiera dan crédito a las mujeres que aseguran que el Crucificado está vivo... Jesús va con ellos pero no lo reconocen. ¿Por qué? Porque en él, en su vida y en su muerte no vieron más que un episodio, un acontecimiento puramente humano, un drama histórico.

    ¿Cuándo comenzaron a abrírseles los ojos y a reconocerlo? Ellos mismos lo cuentan: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?”. Es decir, el camino hacia el reconocimiento de Jesús comenzó a despejarse cuando les hizo ir más allá de la mera crónica histórica, cuando les impulsó a remontarse hasta Dios, cuando les dio a entender que todo lo sucedido el Viernes Santo, aunque realizado bajo la entera responsabilidad de los sumos sacerdotes y jefes del pueblo, en realidad, respondía a los planes inescrutables de Dios. El Padre había dispuesto, desde siempre, que la redención del hombre tenía que llevarse a cabo mediante el amor hasta la muerte: para eso envió a su Hijo al mundo. “Y comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura”.

    Para poder reconocer a Cristo tenemos un triple acceso: los rasgos de su vida, de su obra y de su muerte están dibujados y consignados en la Sagrada Escritura. Además si lo contemplamos con mirada de fe y nos dejamos transformar por la fuerza del Espíritu, nos será fácil reconocer a Cristo en la celebración de la Eucaristía, en la que Jesús parte el Pan, que es él mismo, para nosotros. “Sentado con ellos a la mesa tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio”. Y a Jesús lo encontramos en su comunidad, en la Iglesia apostólica que él fundo.

    Jesús Resucitado está presente en las Escrituras, sobre todo en la palabra del Evangelio; está presente en el pan y el vino consagrados; está presente en medio de la comunidad cristiana reunida para celebrar el sacrifico de nuestra redención. Con los solos ojos de la carne no vemos esta presencia. Y es que a Dios no podemos contemplarlo con los ojos del cuerpo: hemos de mirar con los ojos de la fe.

    Que el Espíritu de Jesús Resucitado ilumine nuestro corazón para que podamos contemplar a Cristo cercano, para que seamos capaces de reconocerlo en las Escrituras, en la Eucaristía y en la comunidad de los hermanos. ¡Ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón Pedro! Aleluya.