DOMINGO II (A) PASCUA

 José Mª. de Miguel

En esta mañana de la octava de Pascua son canonizados en Roma los papas Juan XXIII y Juan Pablo II: el primero, llamado el Papa bueno, convocó e inauguró el Concilio Vaticano II, el acontecimiento eclesial más importante del siglo pasado; del segundo, que murió al atardecer del 2 de abril de 2005, ¿qué vamos a decir si lo hemos conocido al frente de la Iglesia durante casi 27 años? Pues bien, él quiso que este domingo de la Octava de Pascua se llamara “Domingo de la Divina Misericordia”. ¿Por qué? Por el don que Jesús dejó a su Iglesia la misma tarde de su resurrección, como nos cuenta el evangelio que hemos proclamado: el don del perdón de los pecados. Dios es amor en sí mismo, puro amor, puro don y entrega mutuos entre las Divinas Personas, pero cuando se acerca a nosotros, cuando entra en contacto con nosotros, que somos pecadores, el amor se transforma en misericordia. Nosotros percibimos el amor de Dios como amor que cura, que sana las heridas que en nosotros deja el pecado. El amor máximo, la misericordia infinita de Dios nos la manifestó él mismo en la cruz de Cristo, pues “tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo, para que nadie perezca, para que todos tengan vida”. Esta es la obra de Jesucristo, para eso lo envió el Padre, y para eso él mismo envía al mundo a los apóstoles: “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo” con el mismo encargo: mostrar  a los hombres que Dios nos ama, que quiere lo mejor para nosotros, y la prueba de su amor es el perdón de los pecados. “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”.

La Iglesia considera que en estas palabras del Resucitado se funda el sacramento de la penitencia. Por tanto, el don principal de Cristo resucitado a nosotros sus discípulos es este sacramento mediante el cual Dios nos devuelve su paz, nos reconcilia con él. Es asombroso que siendo este el don de la Pascua, el fruto más espléndido de la muerte y de la resurrección del Señor, o sea, el perdón de los pecados, una inmensa multitud de cristianos apenas lo valora, pues cada vez son menos los que se acercan a este sacramento ni siquiera para satisfacer el cumplimiento de la comunión pascual, que sigue siendo un precepto obligatorio para todos los cristianos.

Antes de su pasión y muerte, en la noche del Jueves Santo, Jesús instituyó el sacramento de su Cuerpo y de su Sangre, el sacramento que actualiza para nosotros el sacrificio de la Cruz, la entrega a la muerte por nuestra salvación, la prueba máxima de su misericordia infinita por nosotros pecadores. Después de su resurrección nos entregó el sacramento de la reconciliación para hacer efectivo a lo largo de nuestra vida el perdón de los pecados que él nos consiguió con su pasión y muerte. Estos son los dos sacramentos que nos acompañan a lo largo de la vida: la eucaristía y la penitencia. No podemos descuidar ninguno de los dos, pues en los dos Dios nos ofrece a nosotros pecadores su divina misericordia. Con estos dos sacramentos caminamos seguros por la vida al encuentro con el Señor, y los dos están íntimamente relacionados: para celebrar bien la eucaristía, para acercarnos con provecho a recibir la sagrada comunión, es decir, a Cristo mismo, necesitamos purificarnos frecuentemente de nuestros pecados, necesitamos acercarnos al sacramento de la reconciliación, que para eso nos lo dejó el Señor. Uno no se las arregla con Dios directamente, si así fuera Cristo no hubiera confiado a los apóstoles este sacramento en la misma tarde de Pascua: “A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados”. El perdón de los pecados se nos da, se nos regala por medio de este sacramento.

Eucaristía y penitencia: los dos sacramentos de pascua, para la vida de los cristianos, son los dos sacramentos por los que nos abraza Dios, nos acercan a él, nos hacen partícipes de su amor. Comulgar con frecuencia y no confesarse apenas, como si no tuviéramos necesidad de ser perdonados de nuestros pecados, no es lo mejor que podemos hacer. Porque cuanto más caemos en la cuenta de lo que es la sagrada comunión más nos vemos necesitados de acercarnos mejor a comulgar, con un corazón purificado, con las mejores disposiciones.

Este es el domingo de la divina misericordia, porque es el domingo en que Cristo resucitado nos ha entregado el sacramento del perdón de los pecados. No son los hombres los que perdonan los pecados, sino Cristo a través de hombres pecadores, también necesitados de recibir el perdón; los sacerdotes no somos más que instrumentos de Cristo, al servicio de Cristo, para continuar su obra: “como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. Y para significar esto, Jesús “exhaló su aliento sobre los discípulos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo”. La Iglesia puede perdonar los pecados porque en ella está y actúa el Espíritu Santo, la fuerza de Dios que Cristo comunicó a los apóstoles la misma tarde de su resurrección.

Este es el domingo de la divina misericordia: para acoger y agradecer el doble don del amor de Dios en la pascua: antes de su pasión y muerte instituyó la eucaristía para estar siempre con nosotros, después de su resurrección nos dio la certeza del perdón de los pecados en el sacramento de la penitencia. Por eso los dos son los sacramentos que rigen la vida cristiana, que nos acompañan durante el camino por este mundo hasta que el Señor nos llame a su presencia.

Santos Papas Juan XXIII y Juan Pablo II, rogad por nosotros, por toda la Iglesia, por el mundo entero. Amén.