Domingo VIII (A)

Is 49,14-15; Sal 61; 1Cor 4,1-5; Mt 6,24-34

Dios en la vida

José María de Miguel González, OSST

Las palabras de Jesús tiene la virtud de descubrir nuestra incredulidad más profunda. Porque ¿quien cree de verdad en lo que acaba de decirnos el Señor? Es decir, ¿quién vive de acuerdo con estas palabras? ¿Quién las pone en práctica? “Gente de poca fe”, se lamentaba Jesús en su tiempo, y lo mismo podría repetir ahora. Confiamos poco en Dios, esperamos poco de él, por eso la fe no transforma a fondo nuestra vida. Vamos a permitir al Señor que nos hable de nuevo hoy, que nos ayude a comprender el mensaje profundamente liberador que contiene el evangelio de este domingo.

1.      “No podéis servir a Dios y al dinero”

Poder no sé si podremos, pero intentarlo ¡vaya que sí! No es raro encontrar a personas cuya vida y muerte es el dinero, poco o mucho que sea, pero al cabo ¡el dinero! A los que ponen todo su corazón en los bienes de este mundo Jesús les advierte: “Nadie puede estar al servicio de dos amos, porque despreciará a uno y querrá al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo”. De modo que, según la enseñanza del Señor, la peligrosidad del dinero está en su capacidad de adueñarse del corazón del hombre, de esclavizarlo de tal modo que viva sólo para él, para ganar más, para tener más. De hecho, el dinero es el único dios para mucha gente. Pues bien, desde este punto de vista hay que entender la alternativa que con absoluta radicalidad nos plantea Jesús: o servimos al Señor que nos hace libres o nos dejamos arrastrar por la seducción de las riquezas que nos hace esclavos. Sin embargo, aquí no alude Jesús al recto uso de los bienes de este mundo y a la necesidad que tenemos de ellos para vivir. Con estas palabras, únicamente quiere ponernos en guardia ante un riesgo real: aquel que vive sólo para hacer fortuna, aunque para ello tenga que engañar y explotar al prójimo, ese tal puede con facilidad cambiar la “gloria del Dios vivo por la imagen de un toro que come hierba”, ese tal preferirá quedarse con un plato de lentejas para hoy que aguardar la herencia que el Señor promete para el futuro, preferirá acumular riquezas que se gastan como la ropa, que serán consumidas por la polilla, más que servir al Señor de todo corazón. Por eso Jesús nos advierte con seriedad: no os dejéis seducir por la ilusión de las riquezas, no les entreguéis el corazón. El dinero no puede salvaros, ni daros la paz, ni haceros más felices, si es que ponéis en él vuestra esperanza, pues nada de lo que acumuléis aquí lo llevaréis con vosotros al sepulcro: “No podéis servir a Dios y al dinero”.

2. “Sobre todo buscad el Reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura”

Con esta invitación, Jesús trata de sacar las consecuencias de su enseñanza sobre la imposibilidad de salvarnos por el dinero. Ahora bien, si ya es difícil aceptar y practicar las palabras que nos ponen en guardia sobre la fascinación de las rquezas, estas otras del abandono confiado en la divina Providencia son todavía mucho más difíciles de admitir. A primera vista parece como si Jesús nos invitara a echarnos a la bartola, a no hacer nada en espera de que nos llueva del cielo la comida, la bebida y el vestido. ¿Sería tan ingenuo el Señor? ¡Pues claro que no! Erraríamos totalmente si interpretáramos las palabras de Jesús en un sentido hippy o pasota. Este texto evangélico no enseña ni menos estimula una “confianza pasiva… en la providencia, ni el desprecio de las necesidades del cuerpo… ni el optimismo despreocupado… [Más bien] llama al hombre a una búsqueda de lo esencial y, en consecuencia, a una sosegada simplificación de su tren de vida. Jesús no ha querido oponer el trabajo a la ociosidad ni el trabajo a la confianza inactiva en Dios” (Pierre Bonnard).

En una situación social como la que estamos atravesando, donde hay más cuatro millones de parados, percibimos mejor la importancia del trabajo para vivir humanamente, del trabajo en función del hombre y no el hombre en función del trabajo. Lo importante es el hombre que trabaja y no el trabajo que realiza: la dignidad del trabajo está en el hombre y en la mujer que lo realizan, no en lo que se hace. Pues bien, esta preeminencia del hombre  sobre el trabajo es lo que quiere poner de relieve Jesús con su invitación a fiarnos de la bondad de Dios, que es Padre creador y providente: “¿Es que puede una madre olvidarse de su criatura, no conmoverse por el hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvide, yo no te olvidaré”. Además no depende todo de nosotros, de nuestro esfuerzo, de nuestro trabajo. Si así fuera tendríamos razón para estar preocupados por el porvenir, sería justo que acumulásemos riquezas para el futuro, si es que todo dependiera de nosotros. Pero dice Jesús: “los paganos piensan así”. Vosotros tened confianza: “Ya sabe vuestro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo eso”. Por tanto, si buscáis el Reino de Dios y su justicia, es decir, si os interesáis sobre todo por hacer presente en este mundo los valores del reino de Dios, aquellos que no pueden robar los ladrones ni arruinar la polilla, estad seguros que no os ha de faltar la asistencia y la protección de vuestro Padre. Pues “la búsqueda del reino no es una espera pasiva, una actitud religiosa meramente interna, sino una praxis concreta de la justicia tal como está expuesta en el sermón de la montaña” (Ulrich Luz).

Así, pues, no nos dice el Señor que no trabajemos, que no nos sirvamos del dinero mientras vivimos en la tierra; nos dice solamente que, en definitiva, nada de eso ha de perdurar, por lo cual, nos anima a prestar la máxima atención y a dedicarnos con toda el alma a aquellos bienes que constituirán nuestra herencia eterna y son el contenido del Reino de Dios. “Todo lo demás se os dará por añadidura”.

 En conclusión, frente al agobio ante las estrecheces de la vida, la confianza en  Dios  que es padre-madre que no se olvida de sus hijos. Si cuida de los pájaros del cielo y de las flores del campo, ¡cuánto más cercano estará de sus hijos! Es la experiencia de sentir a Dios en la vida, de contar con él, de realizar la vocación filial, una experiencia que tiene su lugar más emblemático en la celebración de la eucaristía dominical.