Domingo III (A)

 

CONVERSIÓN AL REINO

 

José María de Miguel González OSST

 

El evangelio que acabamos de escuchar nos relata el comienzo de la actividad pública de Jesús, y al mismo tiempo nos da someramente cuenta del contenido de la predicación del Señor. Pues bien, sobre esos dos puntos vamos a centrar hoy nuestra reflexión.

 

- El primer detalle que salta a la vista es el siguiente: Jesús comienza su actividad pública en el momento en que cesa la de Juan, o como dice el evangelista, "al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan". Con este dato cronológico, se nos sugieren dos cosas: por una lado, la continuidad y por otro la diversidad de la misión de Jesús con respecto a la de Juan. Jesús empieza a predicar cuando desaparece de la escena el Bautista, cuya misión de preparar el terreno al Señor había ya concluido. El detalle no es insignificante, puesto que no se podía confundir a la gente con la sospecha de dos Mesías en activo.

 

¿Y dónde comenzó Jesús su actividad pública? ¿Empezaría por el Templo y la Ciudad Santa de Jerusalén, es decir, iría al encuentro de la gente oficialmente religiosa? Pues no.

 

Al comienzo de su misión, Jesús se dirigió a un lugar difícil, religiosamente hablando, un lugar que él conocía muy bien, porque se había criado allí. Fue, como dice el texto evangélico, en la “Galilea de los gentiles”. Galilea es una región alejada de Jerusalén y, por tanto, distanciada también del culto y de la fe oficiales de la religión judía. El paganismo se había ido infiltrando poco a poco en las costumbres y en el estilo de vida, llegando incluso a contaminar la religiosidad de los galileos. De ahí, aquella pregunta malévola con la que sus enemigos pretendían desprestigiar a Jesús: “Es que de Galilea puede salir algo bueno?”(Jn 1,46); “¿Acaso va a venir de Galilea el Cristo?”(Jn 7,41).

 

Pues bien, en este ambiente, religiosamente tibio y poco ortodoxo, comienza Jesús la predicación del Evangelio. Desde el principio se dirige el Señor a las ovejas descarriadas de Israel, a los enfermos necesitados de médico, a los alejados de la religión. Pero Jesús no se acerca para decirles que sigan como están, que no se preocupen, que no corren ningún riesgo, que da lo mismo. Al Señor le preocupaba mucho la situación en que se encontraban aquellos hombres y mujeres, paisanos suyos, y por eso acude a ellos en primer lugar, para urgirles: “Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos”. Esta es la primera palabra pública de Jesús. Esta es la frase que resume todo el Evangelio. El contenido y significado profundo de la predica­ción del Señor gira en torno a esas dos palabras: 'conversión' y 'reino de Dios'.

 

- Convertirse ¿de qué y para qué? En este contexto, convertirse equivale a volverse hacia Dios, alejándose de los falsos dioses; equivale a abandonar el camino de las tinieblas abriéndonos a la luz que brota de la persona de Cristo y de su Evangelio; equivale a rectificar el rumbo de una existencia sin Dios que conduce a la muerte, para abrazar la vida que nos ofrece el Señor, la vida perdurable. Convertirse es, sencillamente, cambiar de dirección, reorientar toda nuestra existencia a la luz del Evangelio, es permitir que el Reino de Dios nos conquiste, se adueñe de nosotros. Pero la conversión que predica Jesús no se refiere sólo a ciertas parcelas de la vida privada, a ciertos aspectos del comportamiento moral. ¡No! Abarca y comprende la existencia entera en todas sus dimensiones. Una conversión puramente 'religiosa', es decir, sin repercusión en la vida práctica, en las relaciones familiares y sociales, es una caricatura de la conversión predicada por Jesús.

 

- Acabamos de concluir la semana de oración por la unidad de los cristianos, que terminó ayer, fiesta de la conversión de San Pablo. Y si nos dejamos iluminar por las palabras del Apóstol que hemos escuchado, convertirse significa “poneos de acuerdo y no andéis divididos”, que no “haya discordias entre vosotros”, “estad bien unidos en un mismo pensar y sentir”. Con ello nos invita el Apóstol a abandonar toda forma de intolerancia y dogmatismo; necesitamos convertirnos al amor, a la comprensión mutua, al respeto del prójimo. Necesitamos ser algo más humildes y menos arrogantes.

 

El camino de la unidad de los cristianos es largo y difícil; nosotros podemos empezar a construirlo por casa, por la propia familia, haciendo del hogar un lugar de paz y concordia, de respeto y amor. Esta es la conversión que nos pide Jesús en el Evangelio de hoy.

 

 

PREDICANDO Y CURANDO

 

1.      Lugar y agentes de la predicación

-         “En Cafarnaún, junto al lago”, en la “Galilea de los gentiles”.

-         La vocación de los discípulos: para ser (Jesús los hace) “pescadores de hombres”. Exigencia de ruptura con la familia y el oficio como condición de absoluta disponibilidad para el Evangelio.

 

2.      Contenido de la predicación de Jesús

-         “El Evangelio del Reino”; a esta predicación se responde con la “conversión”: para acoger la buena noticia.

-         Como Jesús, el predicador no ha de fiar el éxito en el discurso bien construido:”Anunciar el Evangelio, pero no con sabiduría de palabras, para no hacer ineficaz la cruz de Cristo”.

 

3.      Testimonio que avala la predicación

-         el gozo y la alegría (1ª lectura)

-         la unión de los discípulos (2ª lectura)

-         la sanación de las heridas (Ev.).