DOMINGO II DE CUARESMA (A)

 

Gn 12,1-4; Sal 32; 2Tim 1,8-10; Mt 17,1-9

 

LA VOZ DESDE LA NUBE

 

José María de Miguel González OSST

 

El domingo pasado, al comenzar la cuaresma, en la última de las tentaciones a que fue sometido Jesús nos decía el evangelio que “el diablo lo llevó a una montaña alta” para ofrecerle todos los reinos del mundo “si te postras y me adoras”. La cuaresma comienza con el ejemplo de Jesús venciendo la tentación: Jesús, en su camino hacia la cruz, experimentó la tentación del abandono, o sea, el diablo le insinuó que dejara de lado la difícil misión que el Padre le había confiado y se acomodara a la lógica del mundo que es la lógica del poder y la fama. Pero no sucumbió a ella, resistió y venció. En el evangelio de este segundo domingo de cuaresma, Jesús sube con sus tres discípulos, Pedro, Santiago y Juan, “a una montaña alta”. Aquella era la montaña de la tentación, hoy es la montaña de la transfiguración. Aquí se llega pasando por la primera, por la prueba de la tentación.

 

En el camino hacia la Pascua no sólo Jesús fue tentado, también los discípulos se vieron sometidos a la tentación. Y para ayudarles a superarla, Jesús se transfiguró delante de ellos, de aquellos mismos discípulos que le acompañarían en la prueba de Getsemaní, de la que no salieron airosos, pues mientras Jesús oraba y sufría ellos dormían, y luego le abandonaron. He dicho que a Jesús le tentó el diablo para que abandonara el plan de Dios, que era la realización de nuestra salvación, plan que sólo se podía realizar mediante el sufrimiento y la muerte. No porque Dios quisiera la muerte de su Hijo amado, sino porque el poder de la injusticia y del pecado es tan grande que jamás se rinde y por eso  muere matando. Si a Jesús le asaltó la tentación del abandono, ¿qué pasaría con sus discípulos? Jesús conoce la debilidad de sus discípulos: ¿qué sería de ellos cuando vieran que era arrestado, luego sometido a una farsa de juicio, en el que le condenarían a muerte? ¿Cómo aguantarían los discípulos el  macabro espectáculo de la crucifixión y muerte de su Maestro? ¡Pero si para ellos era el Mesías! ¡Si decía unas cosas y hacía unos milagros que dejaban con la boca abierta! ¡Pero si la gente misma, al oír sus palabras y ver sus signos, gritaba en el colmo del asombro que, en él, Dios ha visitado a su pueblo!. Como la prueba que se les venía encima era muy dura y difícil, Jesús mismo ya les había anunciado el desenlace un poco antes del acontecimiento de la transfiguración: “Comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, y ser matado y resucitar al tercer día”(Mt 16,21). Pero semejante anuncio no gustó nada a los discípulos, con Pedro a la cabeza. Por eso Jesús a continuación marca las exigencias del que quiera ser discípulo suyo: “que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y me siga”(16,24). Jesús sabía bien que todas estas advertencias no iban a tener éxito, si no las reforzaba con un signo. Este es el sentido del acontecimiento de la transfiguración: salir al paso de la tentación a que iban a ser sometidos los discípulos cuando mataran al Señor. En una montaña alta Jesús fue tentado, y en una montaña alta Jesús enseña a los discípulos a vencer la tentación del escándalo al verle clavado en la cruz. Para eso se transfigura el Señor, para mostrar a sus discípulos quién era en verdad él, cuál era su verdadera identidad: “Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto”. El verdadero ser de Jesús se ilumina desde Dios: él es el Hijo amado del Padre. Y si en el bautismo descendió sobre él el Espíritu Santo en forma de paloma, aquí lo envuelve la nube luminosa. Aquel que va a morir por la injusticia de los hombres no es un pobre iluminado, un iluso que se creía el Mesías; es el Hijo de Dios; el que morirá es el Hijo de Dios, pero la muerte no le derrotará. Por eso, en la trasfiguración les anticipa a sus asombrados discípulos algo de la gloria de la resurrección: “su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz”.

 

En el segundo domingo de cuaresma, la palabra de Dios nos enfrenta, como a los discípulos, con el destino de Jesús: su muerte es el paso necesario para la resurrección. O sea, que a la gloria no se llega sin la cruz. Por eso, Jesús no acepta la oferta de Pedro de hacer tres chozas y quedarse en el monte, donde se estaba muy bien. Había que bajar al llano para continuar el camino doloroso hacia la cruz. Así lo entendió también san Pablo cuando le dice a su discípulo Timoteo: “Toma parte en los duros trabajos del Evangelio, según las fuerzas que Dios te dé”. Para seguir este camino, detrás de Jesús, cargando con su cruz, para seguirlo hasta el final sin echarnos atrás, tenemos que contemplar a Cristo en su verdadera identidad. Dios mismo nos lo mostró en el bautismo, al principio, y nos lo muestra ahora como su Hijo amado. Una contemplación que se alimenta de la escucha atenta y fiel: “Escuchadle”, nos dice el Padre. En el camino hacia la pascua, ¿cómo superar la tentación del desaliento, del desánimo, de la renuncia a la cruz, del abandono? Pues escuchando a Cristo, empapándonos de él, de su palabra, meditándola con mayor frecuencia y amor en nuestro corazón. Así se fortalece nuestro espíritu para cargar con la cruz hasta el Calvario y participar en la noche de Pascua de la gloria de la resurrección.