I Domingo de Cuaresma (A)

 

Gn 2,7-9; 3,1-7; Sal 50; Rom 5,12-19; Mt 4,1-11

 

JESÚS SOMETIDO A LA TENTACIÓN

 

José María de Miguel González OSST

¿Por qué empieza la cuaresma con el evangelio de las tentaciones de Jesús? Pues porque el origen de la cuaresma, su razón y sentido, son precisamente los cuarenta días que Jesús pasó en el desierto antes de dar comienzo a su vida pública: "Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo".

 

Para Jesús, aquella cuaresma fue un periodo de prueba, de tentación. El se había retirado al desierto para prepararse a afrontar el nuevo camino que se disponía a recorrer: había sido enviado a anunciar a los hombres el reino de Dios, o sea, el amor incondicional y gratuito del Padre para con todos sus hijos, pero resulta que este era un encargo lleno dificultades, con mucha oposición y rechazo. La tentación a que fue sometido durante este periodo de soledad en el desierto era la del abandono. El tentador le invita a abandonar el proyecto, a desistir de su empeño, a dejar el camino de la confrontación y el sufrimiento que tenía delante. A cambio le ofrece una vida humanamente muy apetecible, brillante, llena de éxitos y de reconocimiento público.

 

La tentación reviste la forma de la satisfacción de los deseos más hondos y arraigados del hombre: que las piedras se conviertan en pan, que traducido significa: todo lo que te rodea lo puedes utilizar en provecho propio sin más miramientos ni consideraciones. El resultado actual de esta tentación es la crisis ecoló­gica que amenaza la supervivencia del mundo. En su afán de dominio y de acaparamiento de bienes materiales, el hombre está esquilmando el medio ambiente: desaparecen bos­ques, se contaminan mares y ríos, se alteran los alimentos. Frente a esta tentación materialista Jesús responde que el hombre no vive sólo de pan, de las cosas, sino que es necesario abrirse a los valores del espíritu, de la palabra de Dios. El materialismo rampante puede llevar al hombre a su propia destrucción.

 

El objeto de la segunda tentación a que fue sometido Jesús en el desierto es el poder: "Te daré el poder y la gloria". Nadie quiere ser ni estar sometido a nada ni a nadie, y eso es una buena cosa, porque "para ser libres nos liberó Cristo"; pero en nosotros hay un impulso a someter y dominar a los demás, y esto es el pecado. Las formas pecaminosas del ejercicio del poder son muchas; no hay que elevarse a las altas instancias gubernativas, pueden darse en el interior de la familia, donde las voces, insultos y malos tratos no son una rareza; o en las relaciones laborales y aquí las formas de explotación son un pecado que clama al cielo. ¿Qué es lo que persigue el que se deja seducir por la tentación del poder? Pues el sometimiento, que te arrodilles delante de mí. Al que manda le gusta tener muchos arrastrados a su alrededor. La respuesta liberadora de Jesús es muy clara: "Al Señor tu Dios adorarás y a él solo darás culto". No tenemos que dejarnos atrapar por ningún señor pequeño o grande que sea, porque nosotros sólo tenemos un único Señor. Nosotros confesamos "Jesús es el Señor", muerto y resucitado para nuestra salvación. Por eso el poder del Señor es para nuestra salvación, no para oprimir­nos y someternos, como hacen los poderes de este mundo: es el poder del Crucificado que muere para que las víctimas no sean olvidadas, sino que tengan rostro y presencia ante Dios.

 

La primera tentación es la del materialismo, la segunda la del poder, y la tercera la de la ostentación: "tírate de aquí abajo", desde el alero del templo. Es la tiranía de la opinión pública que fabrica continuamente ídolos y mitos de cartón piedra, de usar y tirar, para entretenimiento y satisfacción de las bajas pasiones de la audiencia. ¡Cuánta gente está dispuesta a mentir y calumniar al prójimo, a desvelar sus intimidades y desnudar sus cuerpos con tal de aparecer en la plaza pública de los medios de comunicación! A Jesús el tentador le ofrecía el camino del triunfo en vez del de la cruz, el del reconocimiento social en vez del recha­zo, pero para ello tenía que abandonar los caminos de Dios, renunciar a cumplir el encargo recibido del Padre. Jesús rechaza de plano la tentación: "No tentarás al Señor tu Dios".

 

Como a Jesús, a todo discípulo que intente mantenerse fiel a los valores evangélicos -y este es el esfuerzo de la cuaresma que acabamos de estrenar-, le acecha la tentación de dejarse atrapar por las cosas, por las ganas de poder, por el ansia de la fama. El evangelio de hoy nos presenta el ejemplo de Jesús: hay que resistir a la tentación, no podemos dejarnos arrastrar por ella, por las distintas formas de seducción que nos atraen y solicitan nuestra rendición. Los que viven bajo el dominio del pecado, ciertamente esos no sienten la tentación. Son tentados los que tratan de ser fieles y resisten, no los que ceden y viven en el pecado, éstos no necesitan ser tentados.

 

Hemos empezado la cuaresma con el recuerdo de nuestra fragilidad siempre expuesta a la tentación, y para combatirla se nos propone la práctica de las obras de penitencia cuaresmales: la limosna, la oración y el ayuno, o sea, el ejercicio de la caridad fraterna, la meditación de la palabra de Dios y una vida austera. Es el camino de la cruz que conduce a la experiencia de la resurrección.     

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(Otra propuesta de homilía)

 

En este primer domingo de cuaresma la Iglesia ora por nosotros pidiendo a Dios que, al celebrar uno año más la santa Cuaresma, el Padre de la gloria nos conceda avanzar en la inteligencia del misterio de Cristo y vivirlo en su plenitud.

Sí, un año más nos disponemos a recorrer el camino de la Cuaresma hacia la Pascua. Un año más el Señor nos concede celebrar este tiempo de gracia y salvación. Y de nuevo resuenan aquellas palabras de San Pablo que la Iglesia nos hizo escuchar el pasado miércoles de ceniza: "Os exhortamos a no echar en saco roto la gracia de Dios, porque este es el tiempo favorable: dejaos reconciliar con Dios". A cada uno de nosotros nos dirige el Señor esta misma invitación a no despreciar esta nueva oportunidad: ¡que no se malogre la gracia que Dios nos ofrece generosamente en este tiempo de salva­ción! El tiempo de cuaresma, desde el ejemplo de Cristo en el desierto, es una llamada a la reflexión y a la sinceridad para darle mayor calidad y hondura a nuestra vida cristiana. Todos tenemos que cambiar, nadie hay tan perfecto que no tenga que esforzar­se en ser mejor, nadie hay tan santo que no tenga que pedir constantemente perdón al Señor. A todos nos hace falta un poco más de coherencia entre lo que creemos y lo que hacemos, entre lo que nos gustaría ser y lo que de hecho somos.

 

El camino cuaresmal es, ante todo, una invitación a reflexionar sobre la calidad y madurez de nuestra fe, que se apoya sólo en Dios y se alimenta de su Palabra, de toda palabra que sale de la boca de Dios, para luego traducirse en vida, en la vida de cada día, en las relaciones fraternas, en el trabajo, en el servicio a las demás. El tiempo cuaresmal es el tiempo más oportuno, más a propósito para escuchar con amor y obediencia la Palabra y dejarnos convertir por ella. Porque, para intensificar y purificar la fe, necesitamos prestar más atención a Dios mismo que nos habla en su Palabra, que nos sana y fortalece en sus sacramentos.

Este es el tiempo de la cuaresma: una ocasión para mejorar la calidad de nuestra vida cristiana, para hacerla más auténtica, más creíble, más comprometida. ¡Claro que podemos hacerlo, con la gracia de Dios! Y no sólo es posible, sino que debemos empeñarnos personalmente por hacer algo, por trazar un pequeño programa de acción cuaresmal. Como a Jesús, también a nosotros el Espíritu nos empuja al desierto al comienzo de esta cuaresma, nos empuja a confrontarnos con nosotros mismos en la soledad de nuestro corazón. Es un tiempo especialmente oportuno para examinar la conciencia y las tentaciones a que estamos expuestos, tal como aparecen resumidas en el evangelio de hoy:

            a) la tentación materialista: sólo existe lo que vemos, palpamos y tenemos. Frente a ella, Jesús nos invita a profundizar en la dimensión espiritual de la vida; tenemos que atender y dar satisfacción no sólo a nuestras necesidades materiales, sino también y sobre todo debemos alimentar el espíritu con ese alimento espiritual que es la Palabra de Dios y los sacramentos, pues no sólo de pan vive el hombre.

 

            b) La tentación de la ostentación: es hacer las cosas, y sobre todo las cosas de Dios, para ser vistos por la gente, para llamar la atención, para recibir la aprobación y admiración de los hombres. Es el pecado de hipocresía que inficiona y falsea las prácticas religiosas. Frente a ella, Jesús nos invita a no tentar a Dios, es decir, a tomar en serio a Dios, que Dios no puede ni se deja engañar por nuestra fachada, por nuestras apariencias religiosas.

 

            c) Finalmente, la tentación del poder, para dominar sobre los demás. Frente a esta tentación Jesús nos invita a poner nuestra confianza sólo en Dios, a reconocer la soberanía de Dios, el único Señor: "Al Señor tu Dios adorarás y a él sólo darás culto". Ningún otro Señor, ningún otro poder; pues los poderes de este mundo están para dominar, para imponer sus puntos de vista, sus proyectos, sus ideologías, mientras el poder de Dios es para nuestro bien, está a nuestro servicio, como Jesucristo, que no vino a ser servido, sino a servir y dar su vida por todos.

 

Cuando el miércoles pasado nos impusieron la ceniza, a cada uno se nos dijo: "Conviértete y cree en el Evangelio". Son las primeras palabras de Jesús al comienzo de su ministerio, después de su experiencia de soledad y oración en el desierto; son las palabras que nos dirige la Iglesia al empezar este tiempo de gracia y salvación. Ojalá no las echemos en saco roto. Que esta participación dominical en la mesa de la Palabra y en la mesa del Sacramento, nos confirme en la recta disposición para escuchar la voz del Señor que nos llama a cambiar y mejorar vuestra vida cristiana.